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CUENTOS PARA MAYORES
CUENTO LA HUELGA (por Gonzalo Drago)
Hacía dos días, que casi no comía. Con los nervios en tensión, la mirada dura y vaga, perma­necía mudo, ausente, sin escuchar las breves adver­tencias de su madre, que lo observaba con teme­rosa insistencia. El muchacho se ahogaba en el sórdido cuarto de la cité. Necesitaba mezclarse con las multitudes, respirar el acre olor de los cuerpos sudorosos y gritar la rebeldía que lo agui­joneaba sin descanso, fecundada con la lectura de libros y folletos libertarios y la asistencia coti­diana al sindicato.
Desde que había empezado la huelga en todas las actividades de la mina, permanecía escasos mi­nutos en el cuarto. Sorbía un plato de caldo, to­maba una taza de café, fumaba un cigarrillo y tornaba a la calle. Su madre lo veía llegar con ale­gría y partir con tristeza. Hubiera querido rete­nerlo a su lado, hablarle de sus temores, acariciar su negra y romántica cabellera adolescente, pero sus manos y sus palabras caían abatidas ante el mutismo y el salvaje fuego de los ojos del mucha­cho.
Nervioso y audaz, su alma era una extraña mez­cla de valentía y temor. Ansiaba encontrarse en una refriega formal con las fuerzas policiales que seguían a las masas de obreros como buitres ham­brientos, vigilando sus movimientos en los comi­cios; pero veíase asaltado por temores que lo ha­cían temblar a pesar de sus firmes convicciones. La idea de la muerte lo acobardaba.
Su adolescencia, como en la mayoría de los camaradas de su edad, era una mezcla de madurez prematura extraída del taller y de pueril evolución mental. Pablo, alto, espigado, moreno, musculoso, había heredado la estampa física y la vehemencia de su padre. Por eso su madre vivía en perpetua zozobra. Era una angustia reprimida, oculta y amarga, que la perseguía con insistencia en la vi­gilia y en el sueño, con negros presentimientos, clavándole crueles espinas en el corazón que la ha­cían verter lágrimas silenciosas.
Cuando Pablo, entusiasmado, le participó la noticia de la huelga general, rompió a llorar si­lenciosamente.
—¿Qué le pasa ahora, señora? —le preguntó Pablo, irritado ante esa actitud que no esperaba.
—Nada, hijo, nada —murmuró la madre, tra­tando de serenarse, secándose los ojos con la punta de su humilde delantal—. Hay que ser precavido —prosiguió con temor—. No te mezcles en los desfiles y no vayas al sindicato hasta que pase la huelga.

Pablo la escuchaba en silencio. Deseaba decirle algo desagradable, pero lo detenía una íntima pie­dad hacia esa viejecita que dependía únicamente de él. Después de algunos instantes de vacilación, pudieron más su terquedad y vehemencia innatas y habló fríamente:
—Esas son cosas que usted no comprende, madre, y haría bien en no mezclarse en mis asun­tos. Le he comunicado que estamos en huelga pa­ra que no se sorprenda de verme metido en este cuarto en horas de trabajo. Nada más.
Y salió a la calle con paso elástico y seguro, al encuentro de la vida. Sentíase más hombre. ¡Caramba, era un huelguista! Aquélla era la pri­mera huelga de su vida. Por la calle caminaba decidido, mirando con desprecio a los transeúntes que encontraba a su paso. Le hubiera agradado que toda esa gente supiera que él era un huel­guista decidido.
"¿Por qué no usaremos un distintivo para dis­tinguimos de los burgueses y obreros que no to­man parte en esta huelga?", se preguntaba con pueril insistencia, prometiéndose gritar su idea en el sindicato aquella misma noche.

El primer día de huelga se recogió tarde y mal­humorado. La huelga no era lo que él se había imaginado. Durante la sesión plenaria se tomaron acuerdos relacionados con las gestiones ante el Tribunal del Trabajo para lograr el aumento de salarios y se leyeron algunas comunicaciones de los gremios que ofrecían su adhesión. Cuando él, con insistencia irritante, se había empeñado en que escucharan su moción del distintivo huelguis­ta, lo hicieron callar con gritos y blasfemias:
—¡El compañero Vargas está hablando estupi­deces! ¿Para qué necesitamos un distintivo? ¿Para facilitar la tarea a los agentes de Investigaciones?
—Hay cosas importantes que tratar, compañe­ro Vargas —le había dicho con voz firme y po­tente el presidente del sindicato—. Le ruego que se calle, en beneficio de todos.
—¿No puedo expresar mi opinión, entonces, en una asamblea general?
—¡Afuera, afuera! —bramaban algunas voces agrias, enardecidas por aquella disputa que esti­maban estúpida.
Lo habían humillado. Se había visto obligado a guardar silencio durante el resto de la sesión, rojo como una amapola, soportando las miradas burlonas de algunos camaradas. Por eso, en el silencio de su cuarto, bajo la tibia complicidad de las frazadas, ahogó los sollozos de su primera de­rrota frente a la vida.

Durante los días siguientes Pablo continuó re­cogiéndose tarde. Vivía como un sonámbulo. Su madre lo veía llegar en silencio, pálido, demacra­do, sombrío. Desde la escena del primer día, la anciana evitaba hablar de la huelga. El dinero estaba por agotarse y se preguntaba angustiada qué haría cuando se agotara por completo. Había que comer, aunque fuera una vez al día. Ella, vieja y enferma, no podía trabajar y le era imposible alar­gar la mano en demanda de socorro, porque las vecinas estaban en sus mismas condiciones.
El muchacho sorbía el caldo, masticaba un tro­zo de pan, con los ojos bajos y el ceño contraído, y retornaba a la calle gruñendo un saludo de des­pedida.
—Hasta luego, hijo, que Dios te proteja —mur­muraba la anciana.
Pablo parecía ignorar la angustia de su madre. Su fervor de prosélito y su inexperiencia de neó­fito le impedían ver la realidad que lo circundaba. Se mezclaba en todos los grupos, acudía a todos los comicios y era el primero en provocar a las fuerzas policiales, protegido por la barrera de car­ne de sus compañeros. Deseaba saber cómo era "aquello", es decir, una lucha formal con la tropa. Después de la refriega sentiríase más hombre y po­dría contar con orgullo entre sus camaradas la ac­titud que le había correspondido. Además, le agra­daba pensar en la admiración de Amalia, cuando se lo contara todo. En cuanto a su madre, se con­vencería de que su hijo no era ningún cobarde y que sabía colocarse en el lugar que le correspon­día en la lucha que habían iniciado. "Madre, hemos triunfado. La huelga ha sido un éxito. El en­cuentro con las tropas fue soberbio", le diría.

Ahora estaba ahí, en el cuarto, al lado de su madre, enronquecido de tanto grito inútil, hosco y mudo para evitar las advertencias quejumbrosas de la anciana. El dinero se había agotado. Algu­nos objetos, los de mayor valor, habían desaparecido de la habitación. Las casas de préstamos veíanse ahítas de gente famélica en aquellos som­bríos días de la huelga. El hambre comenzaba a empalidecer las mejillas proletarias y a poner una angustiosa tristeza en las pupilas de los niños.
—¿Se arreglará pronto esto? —se atrevió a in­quirir la madre, sin pronunciar la palabra que no había repetido después del disgusto inicial.
—Nada se sabe —contestó vagamente Pablo, sin levantar los ojos de su plato vacío.
—La vecina está muy afligida. Tiene cuatro niños y como el marido anda metido en eso…
—¿Qué quiere que hagamos nosotros? A todos nos pasa igual, madre.
—Así es, hijo. Los pobres tenemos que sufrir.
—¿Sufrir? ¿Sufrir por qué? Porque somos unos imbéciles —estalló Pablo, mirando a su madre fijamente, como si ella fuera responsable de los errores de la sociedad.
La anciana permaneció en silencio escuchando el largo monólogo de su hijo, sin comprender gran cosa. Sentía respeto y admiración hacia Pablo, que hablaba un lenguaje que desconocía. Lo único que comprendió fue la necesidad de soportar el hambre hasta el último momento. Eso se lo dijo Pablo en términos fogosos, con los ojos brillantes, como iluminado por una fuerza oculta. En segui­da salió a la calle para juntarse con sus camaradas.
—Luego vuelvo —murmuró al observar la mu­da súplica de la anciana para retenerlo a su lado, sin comprender en ese instante la honda y secre­ta sabiduría de las madres.
Al llegar a una calle céntrica se unió a un grupo de obreros que marchaban cantando. Luego se unieron a una compacta masa de mineros que ha­bían llegado a la ciudad, abandonando sus faenas. Los hombres marchaban confiados en su fuerza colectiva. Por sus cerebros cruzaban como relám­pagos los recuerdos de la mina y la estampa de los jefes despiadados, protegidos en su indiferencia. Ya no eran de los topos que arañaban penosa­mente el vientre de la cordillera durante ocho horas mortales, para después arrojarse agotados en sus sórdidas madrigueras colectivas. Ya no eran los hombres dóciles y sumisos que trabajaban so­bre el fango de las galerías para arrancar el cobre a las montañas, ahogados por las emanaciones de la pólvora quemada y ensordecidos por el table­teo de las perforadoras mecánicas. Habían salido del fondo de la tierra, descendido de las altas montañas, para mirar a sus jefes cara a cara y exigir justicia para su condición humana.
—¡Viva la huelgaaaaaa!
De todos los rincones de la ciudad se alzaban las voces, agrias y poderosas, bajo el sol o las es­trellas, enardecidas y sedientas de justicia. Los mineros rugían. Era una fuerza fecunda, una ener­gía en potencia liberada de su cauce. Querían ser escuchados por los de arriba. Querían ser tratados como hombres. Querían vivir dignamente. Esta­ban hartos de ofrecer su esfuerzo a cambio de un mendrugo. Y para ser escuchados, esforzaban los pulmones robustos y hendían el aire con su po­tencia acusadora:
—¡Viva la huelgaaaaa!
—Vivaaaaaaaaa!
Los hombres estaban embriagados de entusias­mo. Las mujeres, borrachas de esperanza. Era una embriaguez robusta y generosa que se gestaba en las venas, hervía en los pechos y reventaba en las gargantas. La hoguera crecía fatalmente, inevita­blemente.
Pablo, frenético, enardecido por las voces agrias de sus camaradas, increpaba a los transeúntes ino­fensivos que se dirigían a sus labores:
—¡Abajo los burgueses, los traidores! ¡Mueran los traidores!
La columna avanzaba como una marea potente, ondulante, entre gritos y canciones, por las calles de la ciudad, en demanda de la estratégica Plaza de los Héroes, cuando fueron reconocidos algunos rompehuelgas que se dirigían hacia las oficinas y talleres de la Empresa. Una granizada de insultos cayó sobre los aterrados esquiroles. Algunos fue­ron golpeados. En ese instante, un oficial acercó su caballo al grupo para hacerse oír:
—|Eh, basta de insultos! Les advierto que pue­den continuar, pero en completo orden.
Su advertencia fue acogida con una lluvia de improperios. El oficial, irritado, sintiendo vulnera­do el principio de autoridad, llamó con un ade­mán de su mano en alto a la tropa que lo seguía, para hacerse obedecer. Su actitud provocativa, en vez de calmar los ánimos exaltados, fue la chispa que encendió la mecha.
El oficial, rojo de cólera, no sabía qué actitud tomar ante la rebeldía creciente de los manifestan­tes. Trató de coger a un obrero que pasó a su alcance, pero el hombre se escabulló con un rá­pido esguince, mezclándose en el grupo compac­to. Aquel fracaso lo irritó hasta la exasperación. Entonces, sin meditar en su actitud, extrajo su pistola y la apuntó al grupo para atemorizarlos. Los hombres se callaron. Aquel simple ademán, que envolvía la idea de la muerte, bastó para que las gargantas enmudecieran y pasara por los cuer­pos una súbita ráfaga de miedo.
Durante algunos segundos sólo se escucharon las pisadas de los manifestantes v el metálico con­tacto de las herraduras de los caballos policiales sobre el pavimento de la calzada.
Pero la reacción fue violenta. Dominado el miedo repentino, un grito unánime salió de las gargantas de aquella masa densa y ondulante. Al­guien lanzó un petardo que estalló con estruen­do entre las patas de los caballos de los carabine­ros. Se escuchó un largo relincho de temor que dominó al griterío colectivo. En ese momento, sin que nadie pudiera evitarlo, Pablo se despren­dió del grupo enarbolando un garrote sobre su cabeza desgreñada.
Decidido, intensamente pálido, con las mandí­bulas apretadas, se lanzó contra el oficial que co­mandaba a la tropa, empujado por una fuerza ciega e indomable que lo obligaba a actuar. Su orgullo herido, la humillación en el sindicato y las palabras mordaces de algunos de sus camaradas, fueron las causas que lo decidieron a jugarse la vida.
De pronto, en medio del tumulto, se oyó el seco estampido de un disparo. Pablo se desplomó sin un grito. Un clamor de venganza estalló en to­das las gargantas. El cuerpo del muchacho fue alzado por los robustos brazos de los huelguistas más cercanos y la masa compacta, ondulante, enar­decida, continuó avanzando por la calle como una marea poderosa, en demanda de su destino.
Era el sexto día de la huelga.


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