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CUENTOS PARA MAYORES
CUENTO LIBERACIóN (por Gonzalo Drago)
Había nevado toda la noche. La mañana era fría y un viento fuerte y seco bajaba desde los pica­chos silbando por los cajones. Encogido en su lecho, Genaro dormía profundamente en el sórdido desor­den de su camarote. Una mano ruda lo sacudió con aspereza.
—¡Levántate, hediondez, son las seis!
En el pasillo asfaltado había ruido de pisadas, carreras y juramentos. El dormido hizo un brusco movimiento, apartó la ropa de su cara y quedó mi­rando a su compañero con los ojos turbios por el sueño. Por la puerta entreabierta se coló una débil claridad que se fue acentuando débilmente a medida que rechazaba a las sombras espesas hacia los ángu­los del cuarto. El amanecer lechoso se retardaba en­tre la gasa de las nubes. Genaro permaneció inmó­vil, prolongando por algunos minutos la agrada­ble pereza sobre el lecho. Después, malhumorado y friolento, empezó a vestirse torpemente. Aún no había abandonado el camarote cuando lo sorpren­dió el pito de prevención. Bajó al primer piso sal­tando los escalones, dobló hacia la izquierda y to­mó el camino que lo llevaba a su nivel. Mientras avanzaba por la galería húmeda miraba distraído las paredes grises, tatuadas por la dinamita, por las que se escurría el agua de los neveros que impreg­naban la montaña. Al llegar a su nivel el capataz lo miró severamente y anotó el atraso en su libreta grasienta.
—Si me dice algo le machuco el hocico— pensó Genaro malhumorado mientras se dirigía a su es­tocada.
—¡Guarda allá! bramó un carrero empujando su vagoneta.
De un salto el muchacho se apartó de la vía y el hombre se disolvió en la sombra, escamoteado por las manos negras de la mina. Los dinamitazos des­trozaban el cerro haciendo vacilar las llamas de las lámparas. La faena continuaba con febril actividad. Trenes cargados de barras de cobre salían diaria­mente hacia la ciudad para seguir camino a San An­tonio, con destino a los lejanos puertos europeos.
Sudorosos y jadeantes, los obreros volcaban los carros de mineral nativo en las bocas insaciables de las buitras. Genaro llenó el suyo y empezó el reco­rrido que había hecho tantas veces. Un ligero sudor le inundó la frente y en sus brazos robustos y mo­renos se dibujaban como lombrices las venas azu­lejas. Nunca había pensado permanecer mucho tiempo en la mina. Había llegado hasta ella atraído por la falsa fama de los salarios altos y guiado por el espíritu inestable que caracteriza a los mineros y que los lleva a cualquier parte donde pueda arañar la tierra en busca de metal. Soñaba con enormes ri­quezas ocultas y en su cabeza bailaban las viejas leyendas mineras. Su imaginación no descansaba. Descargando el buzón o empujando su vagoneta, saltaba de una idea a otra girando siempre sobre el mismo tema. Su gimnasia mental, estimulada por su ambición, lo hacía vivir en una perenne espera de algo insospechado que haría cambiar violenta­mente el curso de su vida.
La hora avanzaba y algunos obreros abandona­ban sus labores para engullir su merienda. Genaro y su camarada Camilo se reunían fraternalmente para comer, iluminados por la ondulante lengua de sus lámparas de carburo. Camilo, flaco, de nariz ganchuda y ojos bovinos, aumentaba su fealdad con el casco ladeado sobre la híspida cabellera. A menudo les hacía compañía don Romualdo, un vie­jo minero que conocía la cordillera hasta el lado argentino. Entonces la conversación se animaba siempre sobre el mismo tema. El viejo se acercó len­tamente y tomó colocación al lado de sus camaradas.
—Qué dice don Romualdo— saludó Genaro.
—Aquí estamos, compañero.
—Oiga, andan diciendo que los químicos encon­traron oro en las muestras del otro nivel.
—Esas son puras mentiras. Aquí hay puro co­bre nomás. En el norte sí que hay oro. Conocí a un cateador que encontró una pepa de este porte —mentía el viejo, apartando una pulgada el índice del pulgar para indicar el tamaño del pedrusco metálico.
—Bueno —inquiría Genaro. Usté que ha anda­do más al interior ¿no ha visto oro por esos la­dos?
—Dicen que hay, pero nadie lo ha visto.
—¿Qué encontraron entonces cuando fue a "ca­tear" por esos lados?
—Nada, nada —afirmaba don Romualdo mo­viendo la cabeza como un péndulo. Lo único que vimos fueron piedras. Fuimos cuatro y volví yo solo. Los demás se fueron a la Argentina. Deben haber muerto en el camino porque nunca más supe de ellos. No llevaban alimentos y parecían esqueletos.
La narración lenta y segura del viejo amarraba la atención de los muchachos que lo miraban con respeto. El minero tenía conciencia de la muda admiración de sus camaradas, y se esforzaba en exagerar las hazañas de su vida con la fácil com­plicidad de su imaginación.
—Una vez estuve perdido en una mina aban­donada en los cerros frente a Santiago. Entré solo porque nadie quiso acompañarme. Este viejo loco se va a matar —oí que decían cuando entré a la mi­na. Encendí mi lámpara y anduve por los socavo­nes desiertos. Lo que me daba más miedo era el si­lencio. Viera hermano, lo que me pasó.
Para excitar la atención de sus camaradas hizo una pausa, acercó la cantimplora a sus labios y bebió un largo trago de café. Luego continuó lentamen­te, dejando caer las palabras que se escurrían por los oídos golosos de los que lo escuchaban en muda expectación.
—Iba caminando despacio. En algunas partes la mina estaba inundada y el agua me llegaba hasta las rodillas. En otras partes tenía que arrastrarme. De repente tropecé con algo redondo y me agaché a recogerlo. ¡Era una calavera con pelo y bigote, compañero! Después se me apagó la lámpara. La encendí y se me volvió a apagar. Así, hasta que ter­miné los fósforos. Parecía que estaba enterrado vi­vo y no podía moverme por temor de caerme en algún pozo de la mina. Como estaba cansado me senté un rato y me quedé dormido. Más tarde me despertaron unos maullidos como si pelearan cin­cuenta gatos. Sentí miedo. Dicen que el Malo cuida esa mina y que nadie sale vivo de ella. Por suerte que yo andaba con una medalla de la Virgen del Carmen, que fue la que me salvó. Me arrastré como culebra para no caerme a los pozos. Me demoré medio día en llegar a la boca-mina y cuando salí al aire libre estaba casi desnudo, La ropa se me había quedado enredada en las piedras.
—¡Chitas! exclamó Genaro en un sincero ges­to de admiración hacia el viejo.
—Eso no es nada, compañero —continuó don Romualdo. Viera lo que me pasó cuando estuve en las minas de carbón en Lota. Yo era enmaderador y me ordenaron apuntalar una galería peligrosa. En eso estábamos cuando sentimos que el techo se nos venía encima. No alcanzamos a arrancar. A mí me sacaron con una pierna quebrada y a los demás compañeros los sacaron muertos. Estaban reventados como baratas.
—A trabajar abuelo. Y ustedes también, ma­mones— gruñó el capataz mirando de soslayo a los obreros con sus ojos torvos y malignos, escondidos bajo el cepillo de sus cejas.
Los tres hombres se levantaron.
—Parece que fuera dueño de la mina— mur­muró Genaro mirándolo por debajo de la visera de su casco.
El capataz se volvió con fiereza hacia el muchacho, como si hubiera esperado aquel mo­mento para ejercer su autoridad.
—¿Qué decís, sarnoso? ¿Querís que te suspenda el trabajo por unos quince días, mierda?
Genaro se mordió los labios. De carácter violen­to, su innata rebeldía lo llevaba siempre al terreno de la lucha. Nunca se amilanaba frente a un supe­rior. Expulsado de varios minerales, había ampliado su horizonte recorriendo el país de norte a sur. En los lavaderos de oro, pobres y avaros, había agotado su paciencia lavando las arenas auríferas y en la provincia de Atacama, unido a un grupo de "cateadores", había recorrido los cerros calvos en una inútil búsqueda del preciado metal.
—En El Teniente se gana plata—, le había di­cho un amigo.
Y una mañana se trepó al Longitu­dinal en busca de mejor suerte. El pequeño tren se arrastraba lentamente a través de campos tristes, áridos, en los que raquíticos arbustos se quemaban bajo un sol despiadado. Los asnos, humildes y su­fridos, pasaban cargados por los caminos, indife­rentes al resoplar del tren. Rebaños de cabras tre­paban por los cerros, ágiles y elásticas, poniendo una nota de vida en los campos muertos. A medida que se acercaban al sur el paisaje se tornaba más alegre y acogedor. Los potreros verdes, los sembra­dos, los árboles y las acequias rumorosas penetraban por los ojos de los viajeros cansados de contemplar el muerto panorama de las tierras pobres. Ahora es­taba ahí, como un feto rebelde en el vientre de la cordillera. Una acre emanación de cuerpos sudoro­sos y sucios flotaba en la galería negra y húmeda de la mina. Ocho horas de trabajo continuo, de ir y venir empujando vagonetas, vaciándolas en las buitras, preparando tiros, enmaderando la mina, controlando el número de carros extraídos, pinta­ban el cansancio en la cara de todos esos hombres enterrados en el corazón de la cordillera. Mientras afuera el sol brillaba sobre la superficie de la tie­rra fecundando los campos, derritiendo la nieve, desentumeciendo los miembros, ellos estaban en las entrañas de la tierra aguzando los ojos como nictálopes a través de las galerías, bajo la mirada aviesa de los capataces, y envenenando sus bron­quios con el aire mefítico de la mina.
A las tres de la tarde terminaba el primer turno. De todas las galerías salían rostros sudorosos, su­cios, avinagrados, dirigiéndose hacia la salida. Mar­chaban en silencio. El cansancio les sellaba los la­bios. Muchachos, casi niños, alternaban con hom­bres maduros. Con las ropas destrozadas, la lámpara oscilando en una mano o colgada sobre un hombro, el macabro desfile se arrastraba penosa­mente por la galería para cederle el lugar al segun­do turno. La mina, insaciable, recibía en su vientre durante el día y durante la noche, su alimento hu­mano. El metal, impregnado de dolor y de sufri­miento, se vendía después en los mercados extran­jeros para enriquecer a unos pocos.

o—o—o—o

Los dos muchachos departían con el viejo en la intimidad del camarote. Con un cigarrillo entre los labios, bajo la pelambre del bigote amarillo por la nicotina, el viejo minero amarraba la atención de sus camaradas con su cháchara habitual. Genaro y Camilo habían madurado largamente su plan. Al llegar el verano, cuando la cordillera se hiciera transitable, se irían por los cerros desconocidos, re­pitiendo la hazaña de don Romualdo. El viejo se negaba a acompañarlos.
—Estoy muy viejo pa esas cosas— les había di­cho tropezando con las palabras. Les serviría de estorbo. Además, creo que lo que cuentan son puras mentiras. Por aquí no hay oro. Cuando fuimos la otra vez buscamos por todas partes y no encon­tramos nada. Éramos cinco y volví solo. Los demás deben haber muerto de hambre.
Pero nada los hacía desistir. Se irían cuando llegara el verano. Genaro soñaba con llegar a ser un segundo Juan Godoy, al que había visto convertido en bronce sobre un plinto de piedra en la plaza de Copiapó.
—¿Por qué no podía descubrir una mina de oro o de plata? Suceden tantas cosas —se alentaba a sí mismo.
Camilo, apático por naturaleza, se había dejado convencer por la cálida palabra de su camarada. Sus ojos bovinos también soñaban con una riqueza maravillosa escondida en el corazón de la cordille­ra. La vida monacal del mineral había terminado por hacérsele insoportable. Todo era preferible a permanecer enterrado durante años en las galerías negras de la mina, ¿Cuántos siglos hacía que arras­traba su vagoneta por los corredores húmedos? Cuando llegara el verano esperado, todo termina­ría. Una vida nueva los esperaba en los picachos de la cordillera que encerraba el secreto de sus tesoros como una mujer púdica. A fuerza de repetírselo mentalmente, aquella idea había llegado a conver­tirse en certeza en su imaginación afiebrada.

o—o—o—o

Por fin el verano asomó su cabeza rubia, despo­jando a la cordillera de su blanca túnica invernal. Los cerros, erectos, iban mostrando sus carnes pé­treas. Por las laderas y quebradas, el agua fría y cristalina descendía hasta el cajón en pequeños arro­yos que se iban juntando hasta formar un pequeño riachuelo que iba creciendo a medida que avanzaba hacia las tierras bajas, hasta formar un río turbio y encrespado que fecundaba los campos saltando entre las piedras, ahocinándose en su curso o extendiéndose como una mano abierta hasta confun­dirse con el mar.
Genaro y Camilo estaban inquietos. La proximi­dad del viaje, el embrujo de lo inesperado, cierto oculto temor a lo desconocido, los hacía reír por cualquier cosa o quedar súbitamente serios. Ningu­no de los dos habría sido capaz de confesar en alta voz sus temores, pero silenciosamente consigo mis­mo, hacían girar el molino de sus reflexiones ante el enigma que los esperaba en el corazón de la mon­taña. Don Romualdo, por última vez, trató de di­suadirlos:
—No vayan, cabros— les dijo. Yo sé como es eso por ahí. Quédense aquí mejor.
Y volvió a repetirles la historia de su fracasada expedición. El viejo minero se sentía cómplice de la locura que se había apoderado de los muchachos. Él, con sus relatos fantásticos y con sus historias maravillosas de tesoros escondidos, había exaltado la ardiente imaginación de sus camaradas, condu­ciéndolos hacia los caminos de la aventura. Ahora se daba cuenta de que era demasiado tarde para hacerlos desistir. En silencio, los vio comprar las provisiones en las concesiones de Sewell. Equipa­dos con gruesos borceguíes para las futuras mar­chas, los muchachos se sentían capaces de dar la vuelta al mundo. Habían pedido su "arreglo" a la compañía el día anterior y debían bajar a Rancagua dentro del plazo fijado por los reglamentos. Te­nían su plan. En cualquier punto del camino se dejarían caer del pequeño tren andino. En seguida emprenderían el viaje a través de las montañas, siempre hacia el oriente, siguiendo las indicaciones de don Romualdo.

o—o—o—o

La mañana era clara y luminosa. La transpa­rencia del aire, como a través de un vidrio lavado, concedía a los ojos la nítida visión de un paisaje maravilloso. Los montes azules, veteados de blanco, se erguían altaneros despreciando la pequeñez de los hombres. A la distancia, en los cerros más ba­jos, un puñado de nubes vagaban desorientadas, y más allá, emergiendo desde una hondonada, ascen­día el humo espeso y cargado de emanaciones quí­micas de la fundición de Caletones, profanando la azul pureza de la altura.
Los dos muchachos, con los cuellos alargados fuera de la ventanilla, conversaban con don Ro­mualdo que les daba las últimas instrucciones. Un silbido agudo anunció la partida. El pequeño tren se arrastró lentamente con un áspero chirrido de fierros. El viejo, emocionado, agitó su mano callo­sa y paternal en un tosco gesto de despedida. Los muchachos dieron una última mirada hacia la al­tura. Arriba quedaba la mina, como un pulpo succionador de fuerzas y de vidas. Ellos marchaban hacia la liberación oculta en la distancia.


Relato "Sed" del libro: "Cuentos mineros"


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