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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO DESCONGéLATE Y CUMPLE TU CONDENA (por Allen Kim Lang)
No es difícil ver en este relato, aparentemente desenfadado, una terrible caricatura de nuestra sociedad pseudorracional, donde las clases privi­legiadas basan su bienestar en el sufrimiento y la miseria de una mayoría de la humanidad y donde el ciudadano medio se ha acostumbrado a con­vivir con la brutalidad y el abuso, y a convertir la violencia en un espectáculo.


La sangre del doctor Warner mojaba las esposas que rodeaban mis muñecas. Un sargento de policía me en­volvió en una sábana transpirada para sacarme del dormi­torio donde Mildred Warner gritaba, acurrucada en un rincón.
—McWha —dijo su excelencia—, ha tenido usted una vida muy agitada.
Así era.
Los años que mis contemporáneos emplearon en ju­gar al baloncesto, los pasé en Bosky Knoll, un asilo donde las uñas de los lobeznos se cortan con tijeras freudianas. Mis uñas resultaron más duras que las tije­ras de mis guardianes. A los quince años, harto de hipo­cresía y miel, me escapé atravesando la verja de hierro forjado y llegué a la ciudad en el Citrus Express.
Armado con una media llena de arena, entré en el campo farmacéutico. Al contrario de cierto infeliz que, a la pregunta de por qué asaltaba bancos, contestó: «Porque allí es donde se encuentra el dinero», yo decidí que la riqueza es más fácil de arrancar de los puños de los pobres, cuya resistencia es débil. Si ofreces una cura para el cáncer, patentada, todo el comercio arruga la nariz. Pero das en el clavo.
Conseguí mi entrada en las cámaras acorazadas del banco de servicios completos que me gustaba con el qat, una hierba cosechada en los dominios de los jeques de Yemen y desconocida hasta que yo la introduje en nuestro saludable clima. Mientras rollizos hombres de leyes se abalanzaban sobre las hojas de marihuana, una hierba tan benigna como el vino, en los parques públi­cos, el hombre lobo McWha instaló en las máquinas de refrescos de las escuelas una marca de té a la que uno se habituaba tanto como a los pecados contra la castidad; y gané para mi industria de importación el precio de un harén, el único otro producto de Yemen digno de importarse, que sería vendido a un consorcio de tra­tantes en carne usada de otro hemisferio.
La competencia fue un fastidio hasta que descubrí, en el Caribe, una imitación de los aviones prusianos. Como desconfiaba de los peligrosos instrumentos eléc­tricos escogí, entre todas las demás herramientas, una barra de acero larga como el brazo de un hombre y con el diámetro de su menos externo orificio; un meca­nismo que servía para todos los fines comerciales, desde un aparato sin importancia hasta la fabricación de un cadáver, cuya muerte resultaba un enigma para el más hábil médico forense.
Como un carnívoro en un mundo donde las gachas se han convertido en el plato nacional, yo era dema­siado orgulloso para ocultar mis cerdas bajo una piel de cordero. Si Slick McWha se hubiera dignado dar unos centavos a los hambrientos (el mendrugo de los malvados), nunca hubiera sido exilado al paraíso. Lo que me condenó fue mi falta de hipocresía.
La única venganza que tomé contra el doctor Warner fue la de seducir a su mujer; sin embargo, rápido como su cirugía, nos sorprendió en la consumación de su vergüenza. Agarré el objeto más cercano, suficiente para detener el violento bastón del doctor (un sujetalibros; los Warner eran una pareja muy intelectual) y lo lancé. Cayó muerto y ella se levantó gritando.
En la cárcel, Slick McWha se convirtió en candidato para los extraños fines de Telstar. La fotografía mos­traba al asesino en el banquillo, donde un gordo y ne­gro murciélago informaba a los que querían negarle su cena de sangre: «La nuestra es una civilización que ya no mata, sino que congela.» Así, entonces, la sen­tencia (un primer plano de mi cara de asesino, otro de mis puños cerrados) fue:

«Kevin McWha, los servidores del Estado tienen orden de secuestrarle durante doscientos años, al cabo de los cuales, por la gracia de Dios y la evolución de la ciencia, se despertará en un mundo prepa­rado para curar a los monstruos.»

En el aparato Stevie, sobre la caja registradora de la taberna de su barrio, deben haber visto, después del penúltimo anuncio, el próximo paso del desdichado camino de McWha: la cámara de helio de las criptas criminales.
¡El insidioso Fu Manchú debería haber vivido esta hora! A saber: correas de silicona que sujetan al delin­cuente mientras los tanques de gas líquido se vierten sobre sus miembros. El sombrero en forma de medusa presta un toque clásico, como también las ligeras des­cargas que se producen en los pechos de acero. La víc­tima recuerda todos los detalles de su anterior infamia, mientras se le introduce en el tubo del tiempo...
Esto es lo que se dice. Pero lo cierto es:
Una cama. Una enfermera con una cómoda blusa a rayas azules y un almidonado delantal blanco (¡y el ninfatófago hombre lobo entiende de comodidad!), que se apoya sobre el triángulo derecho con una jeringa de dos centímetros cúbicos y una aguja de acero inoxida­ble. Un «no le dolerá nada, señor Hijo de la Des­gracia».
Un pinchazo y ya han pasado doscientos años.
No siento sueño ni frío, después de dos siglos de estar sumergido en el Primero Absoluto. Sólo una pi­cada de avispa que todavía escuece, doce décadas des­pués que la avispa haya muerto.
La máquina del futuro me despierta y me moldea para darme mi forma primitiva. Un ciudadano desnudo, Tarzán, se acerca a mí en el parque. Sobre su bíceps izquierdo lleva sujeto un disco de plata. Plan antiMcWha, me imagino.
—Sabemos por qué está con nosotros, Kevin. —Tuer­ce la boca—. Su expediente está un poco descolorido, pero hemos podido leerlo.
Estos apuestos seres practican el nudismo; han sua­vizado el clima para hacerlo soportable. Los negreros del hombre lobo, soltero durante dos siglos, se presentan en forma de unas jóvenes que hacen gimnasia, detrás de los campos de tenis.
—No hay ciudades; no las necesitamos.
Más dulce que la leche, lo cual presupone activas glándulas, mi cicerone sonríe.
El hombre lobo también sonríe.
—¿Adictos a las drogas? —pregunto.
—¡Claro que no! —El fantoche del futuro enarca las cejas—. Lo que tenemos es un problema con el café.
Slick McWha se acuerda de la ilegal Java y de nuevo pregunta:
—¿Ningún otro vicio?
—Quizá la propia satisfacción —contesta la dulce lapa.
No tengo permiso para revender el aburrimiento.
—Tienen una tierra realmente de ensueño —dice Slick tratando de agradar y dejándose engañar.
—A nosotros nos gusta.
—A mí también..., visitarla —afirma el ladrón de ovejas.
—No puede retroceder.
Un león, con una melena mejor peinada que la de cualquier hija de presidente en mis días, se dirige ma­jestuosamente hacia un árbol cercano, donde se echa junto a un cordero. El león bosteza. El cordero, con ojos tan grandes como los de un ingenuo en un bar de la Legión, siente cierta inquietud.
—¿Qué van a hacer conmigo? —pregunto, en mi ca­lidad de mejor abogado del diablo.
—Le estudiaremos —responde mi guía—. Será mejor que coopere. Usaremos la fuerza si es necesario...
—¡Qué vergüenza!
—...Para prevenir, por ejemplo, el asesinato o la vio­lación —añade con una mirada dura.
—Usted recuerda el verso de cuatro letras, pero se ha olvidado de la música —comento.
—Usted parece creer que la civilización presupone suavidad —protesta el favorito de la historia. Ve una abeja en una flor dorada y cierra los ojos.
—La verdad de este futuro —filosofo— es que está compuesta de testicularidad. Afortunadamente, y gra­cias al poder de la criogenia (cualquier cosa que entra puede ser congelada; «romper la ley», será congelado y descongelado, etc.), sus hormonas van a ser esterilizadas.
Muerto de vergüenza, Slick McWha observa la abeja de miel que gira y embiste en el botón de oro, y se pregunta: «¿Es que los monstruos de revistas eróticas agarran a las exuberantes terrestres para sorber tan inocente rocío?»
Virgilio abre los ojos, de un azul pálido, como leche aguada.
—No queremos la semilla de la serpiente en el Edén —dice—. En cualquier caso, nuestras mujeres no le que­rrían.
—Del mismo modo que Polonia no quería a las SS —gruñe el lobo.
No hay respuesta. El futuro no tiene un pasado desa­gradable.
Entonces sobreviene el pensamiento predominante en la mente de todo el que se despierta de un sueño: la necesidad de conocer los titulares que no he vivido.
—¿Están en paz? —pregunto.
—Claro —afirma mi elegante Superman con expresión glacial—. A través de la preparación prenatal hemos eliminado el trauma del nacimiento. Desde que no hay pobreza, no hay ansiedad. Mire allí.
Dos jóvenes amantes, llenos de pecas como un pastel de canela, se pasean tomados de la mano delante del Lobo y el Conejo, saludan con sus cabezas doradas y pasan, sin dejar de cantar juntos, con voces que parecen violines.
—El cuerpo ya no es causa de vergüenza —declara el Conejo—. Nuestras unidades de plasma germinal son tan higiénicas como nuestros superegos.
El hombre lobo se relame, saboreando canela azuca­rada.
—Me refiero —digo— no a usted sólo, simpático guía, sino a todo su mundo.
—La Tierra ya no es un círculo de arena ensangren­tada —dice mi falso Fauntleroy. Luego, como el apuesto desconocido de una revista femenina, canturrea—: Pero ahora hablemos de usted.
Señala dos bancos de piedra, dos-à-dos, tapizados con una capa de musgo. Un pequeño pero rápido arroyo corre a nuestra derecha, desgastando las piedras de la orilla. El aire huele a agua fresca, pinos y hierba pisada por los pies descalzos de los niños. Yo anhelo con vehemencia un cigarro.
—Tengo el privilegio de ayudarle a encontrar su nuevo camino —dice mi acompañante.
—Se eligió mi trabajo de acuerdo con mis genes —le contesto—. Yo soy, por mis glándulas y por el entrena­miento a que he sido sometido, un entrepreneur.
—Un ladrón —interpreta mi hombre del Intourist—. Hemos visto su expediente, ¿recuerda? —Se lleva los dedos a los labios, como un cura que cuenta en silencio los bocadillos de pepino que necesita para el té de la parroquia—. Aquí no tenemos trabajo para vendedores ambulantes —continúa—. Ni siquiera, Kevin McWha, soli­citamos los servicios de intermediarios o bandidos de la junta ejecutiva.
—Un hombre del pasado merece algún privilegio —su­giero—. Como un jarrón Ming, debe preservarse en ca­lidad de tesoro nacional.
—Los jarrones Ming de su clase son más vulgares que las botellas de leche —dice el señor Interlocutor—. ¿Olvida usted las estadísticas criminales de su desgra­ciada época? ¿El modo en que sus tribunales, más bené­volos con los contemporáneos que con los descendien­tes, metían en hielo a los malhechores y los almace­naban, como pescado congelado, para que renacieran, malolientes, en nuestra época, más comprensiva?
—El juez me aseguró que ustedes tendrían técnicas nuevas —observo yo—; dijo que dispondrían de una me­dicina para los delincuentes.
—Tenemos un estilete —contesta Exquisito, trazando una línea recta en el aire— de medio metro de largo y muy fino.
—Ya conozco ese estilete —dice el Lobo, mientras se le contraen las entrañas.
—Se perfora la conjuntiva de un ojo y se trasplanta el globo ocular a la mejilla del paciente —explica mi nuevo enemigo—. Por medio de una pequeña incisión en la órbita superior, el estilete rompe los precintos de la capa cerebral donde palpita el plasma germinal. En­tonces, el ojo vuelve a colocarse en su cuenca, y el sociópata regresa a la compañía de sus congéneres, lim­pio y puro de corazón como un niño.
—Maravilloso —digo—. ¿No es cierto, sin embargo, que el convaleciente de su operación cerebral puede en­contrar la poesía aburrida y el amor una ficción?
—¡Oh, sí! —suspira mi engatusador—. Para ser del todo sincero, Kevin, nuestra filantropía prefrontal a me­nudo deja a nuestro nuevo hermano paréticamente im­potente. Pero así no encontraría usted pesada la sol­tería.
—¡Qué absoluto es el rufián! —exclamo cruzando las piernas—. Si me deben agujerear, será con un honrado cuchillo, y no cortándome los fusibles como si fueran ladrones.
Hay cierta aspereza en mi tono. Mi terapeuta acari­cia el Wolfbane de plata que lleva en la mano izquierda y yo abro los puños.
—La mayoría de ustedes dicen esto —declara el pe­rro guardián—. Pero no es cuestión de permitir que los pecadores del pasado nos visiten sin ninguna revisión. Como usted mismo dice, tenemos que desconectarlo como lo haríamos con... ¿Cómo se llamaba aquel arte­facto? ¿Una bomba?
—¿No se derriba nada en este parque de atracciones? —pregunto—. ¿Es que ahora los cuchillos de los asesinos sirven para abrir las cartas o limar las uñas?
—¿He oído bien, McWha? —inquiere el desnudo pio­nero, con las mejillas ruborizadas por la hemoglobina—. ¿De verdad prefiere matar que ser curado?
—Dos y dos son cuatro —contesto—. ¡Sí!
Cara Redonda mira hacia arriba, calculando la posi­ción del sol.
—Debe estar hambriento —sugiere.
—No ha comido nada desde hace seis generaciones —observa el hombre lobo—. Un bocadillo de jamón po­dría tender un puente sobre el vacío de varios siglos.
—¿Jamón? No, Kevin. Ya no explotamos a nuestras bestias para obtener proteínas.
—No importa —suspiro, levantándome para seguirle por el sendero del parque—. Estoy seguro que aquí tampoco hay mostaza.
Pasamos por delante del mausoleo. El hijo de la desgracia se estremece al pensar en los doscientos años que ha pasado aquí, madurando como una cigarra bajo tierra. Pienso en los gélidos millares que siguen ente­rrados en esta mazmorra a prueba del tiempo, esperan­do que un Lincoln les libere de sus congeladas cadenas.
El parque rodea el pueblo de los adamitas, que pa­sean por sus senderos plácidamente, absorbiendo la luz del sol y sin extrañarse siquiera de los pantalones cor­tos de su tatarabuelo del siglo XX. Las casas, parecidas a las de la Selva Negra, están diseminadas por los cam­pos, donde la gente de cabellos albinos juega al croquet con pelotas de madera y donde niños desnudos ríen y chapotean en los estanques. Veo vírgenes, cuyos pe­chos no han cedido a la gravedad, jugando a los bolos en el prado.
La casa de la comunidad ostenta, sobre su entrada, un lema, que me traduce mi anfitrión: No balanceen el barco.
Entramos en el comedor y ocupamos una mesa entre el surtidor y la orquesta. Ascetas de todas clases, desde el zulú de charol hasta el finlandés de gamuza, se de­tienen a charlar con mi guía. Su lengua es suave y so­nora, como el hawaiano. Mi idioma inglés, ronco eco de los pantanos bálticos y los bosques renanos, no es desconocido. «Bien venido», dice uno, y otro: «¡Buen provecho!» Un joven sonríe y dice: «Hasta la vista.»
Después de un manjar de galletas y verduras crudas, pasamos a una mesa de la pequeña sala de cine. Evi­dentemente, la película es una historia de amor. Estamos en el momento álgido, por decirlo así. El héroe y la he­roína están consumando su unión en un triunfante acto, y la música compite con los muelles de la cama. Tam­bores y trompetas atronadoras; fin.
—Ahora —me anuncia Adonis—, la película principal.
Me alarga una golosina de la bandeja que hay sobre la mesa.
En la pantalla panorámica aparece el planeta Tierra, tal vez fotografiado desde la Luna. Un violentísimo acercamiento nos lanza vertiginosamente hacia la Tierra. Mareado, me agarro al borde de la mesa hasta hacerla crujir. Estamos descendiendo sobre Australia, el viejo continente del exilio.
Caemos en los bosques de la tierra de Arnam, oreja frontal del canguro que había visto de niño en el atlas.
—Esto era antes un área de aborígenes —sonríe mi constante compañero—. Por desgracia, los enanos more­nos del boomerang han tenido que ceder sus bosques a una raza más fiera.
La cámara, que proyecta sus fotografías sobre nues­tra pantalla, gira y se interna por los gruesos troncos de los árboles productores de goma. Pájaros tropicales, de un rojo vivo o de un verde bilioso, parlotean desde las palmeras. El barro pantanoso se hincha y forma burbujas.
Aparece un hombre, que lleva un taparrabos de cue­ro. Su barba rubia está salpicada de la yema de los huevos que ha comido para desayunar; lleva los pies envueltos en piel de cocodrilo. Saluda con la mano dere­cha (con la izquierda empuña una lanza de casi tres metros) y sus compañeros, desnudos como él, asoman por entre las palmeras y salen al claro del bosque. Nues­tra cámara se coloca sobre una higuera salvaje para en­focar el campamento.
—La lanza que lleva el jefe es mortal —murmura mi intérprete—. Con resina, adhieren a su extremo trozos de concha y piedra, que infectan la herida y causan la muerte.
La cámara se aproxima para inspeccionar con deta­lle a los hombres de la jungla. Un gigante de rojiza barba, cuyo ojo está hundido en su cuenca, arquea su honda por encima de la cabeza, maldiciendo la cámara, contra la que lanza una roca del tamaño de dos manos. La cámara sale despedida hacia el aire; la roca vuelve hacia el hombre que la ha lanzado.
El resto de los indígenas no hacen caso de nuestro artefacto. Unos veinte hombres se desparraman entre los bambúes, buscando enemigos ocultos. No los hay. El hombre rubio emite un silbido. Cuatro mujeres de piel reseca por el calor, salen de la selva, rodeadas de niños. La cámara les enfoca. Hay niños por doquier, delgados, con los cabellos llenos de barro. Se nos ofrece un primer plano de una de las niñas, que debe tener unos doce años. Tiene la piel llena de cicatrices, y es casi calva. Otra niña conduce a su hermano de unos seis años hacia el centro del claro. La cámara enfoca sus ojos blanquecinos; un gusano aparece detrás de la córnea translúcida.
—¡Dios mío! —exclamo.
—Aquí no somos religiosos —observa mi acompañan­te—. Pero mire esto, Kevin.
Una de las mujeres descuelga de su hombro un saco de pescado, se mete un trozo en la boca y lo escupe, desmenuzado, sobre un montón de ramas. Otra, que lleva carbones en un recipiente de arcilla, hace una pila con las ramas que le traen los niños y enciende el fuego. Los hombres descansan en cuclillas, apoyados en sus lanzas.
Como si el perfume del pescado asado fuera una señal, una segunda tropa viene gritando desde la jungla. ¡Una emboscada! Uno de los atacantes lanza una piedra con su honda y hace caer al hombre rubio sobre su lanza inútil. Otro se arrodilla al borde de la jungla para llenar de piedras la bolsa de su arco, y las lanza contra los cráneos de los atacados. Un niño ciego, pro­firiendo alaridos, tropieza con las piernas de un hombre armado con una maza, el cual le aplasta de un solo golpe.
La victoria es para los recién llegados. Uno de los héroes arrastra a la niña de las cicatrices hacia el lindero, donde le golpea la cabeza contra un tronco y la viola. La cámara se aproxima y recuerda al auditorio la cuarta maravilla del salmista: la conducta de un hombre con una doncella.
Ensartan al hombre rubio con dos lanzas sobre la ho­guera. Los victoriosos toman el pescado, que se asa bajo su cuerpo retorcido. Otros se ensañan con las víctimas con cuchillos de piedra, riendo y llevándose a la boca trozos de carne ensangrentada. Los hombres gozan, por orden de rango, de las mujeres.
Al cabo de media hora, cuando ya se han comido todo el pescado, las mujeres son llevadas a la jungla, colgadas de palos. Las moscas se enseñorean del lugar.
El hombre lobo lucha para no vomitar.
—Pensaba que no existía la guerra entre ustedes —digo.
—No existe —contesta mi guía, llevándome adonde brilla el sol—. Pero entre ustedes, sí. Forma parte de su naturaleza.
Volvemos a sentarnos en los bancos junto al arroyo.
—¿Ha sucedido de verdad? —pregunto.
—Hace diez minutos —responde.
—A los hombres y mujeres que descongelan de las criptas criminales —digo— les dan a escoger entre con­vertirse en zombies o ser transportados a Australia.
—La primera es la mejor elección —declara mi acom­pañante—. Algunos de nuestros más agradables ciuda­danos han sido salvajes como usted, Kevin. Los otros, como ya ha visto, nos proporcionan la excitación que necesitan los humanos normales, haciendo que nuestra sangre hierva en las venas, por medio de la antigua poesía de la matanza.
Es un hombre fuerte, pero con su brazo derecho roto no puede apretar el gatillo del hombre lobo que tiene a su izquierda. Vomita mientras mantengo su cabeza rubia bajo el agua del arroyo cantarín. Por fin le apri­siono entre dos piedras. Me ato al brazo su disco pla­teado y echo a correr. Paso por delante de las criptas, donde mis compañeros esperan una terrible resurrec­ción.
Ahora oigo ladrar a unos perros junto al arroyo. Me dirijo hacia las montañas, hacia el país de los lobos.
Cuando vuelva a bajar al llano, cuando me haya coronado a mí mismo rey de los piratas congelados, haré que la sangre hierva en las venas de estas gentes ama­bles. Hasta que se desangren.


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