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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO SEñOR DEL ASTEROIDE (por Clark Ashton Smith)
La conquista por el hombre de las simas interplanetarias ha estado fraguada con muchas tragedias. Nave tras nave, como luciérnagas aventureras, han desaparecido en el infinito... y no han regresado.
Inevitablemente, la mayoría de los exploradores desaparecidos no han dejado ningún informe de su destino. Las naves han llameado como meteoros desconocidos a través de las atmósferas de los planetas exteriores, cayendo como informes pavesas de metal sobre terrenos nunca visitados; o se han convertido en los satélites, muertos, congelados, de otros mundos y de otras lunas. Unas pocas, quizá, entre las naves que no volvieron, consiguieron aterrizar en algún lugar y sus tripulaciones perecieron inmediatamente, o sobrevivieron durante un breve tiempo en medio del entorno inconcebiblemente hostil de un cosmos que no ha sido diseñado para los hombres.
En años posteriores, con el progreso de las exploraciones, más de uno de los derrelictos tempranos ha sido descubierto, siguiendo una órbita solitaria; y los restos de otros han sido encontrados sobre costas extraplanetarias. Ocasionalmente - no a menudo - ha sido posible reconstruir los detalles del desastre remoto y solitario. A veces, en medio de un casco fundido y retorcido, un diario de a bordo se ha conservado intacto. Entre otros, está el caso del Selenita, el primer cohete en aventurarse en la zona de los asteroides.
En el momento de su desaparición, hace cincuenta años, en 1980, se habían efectuado una docena de viajes a Marte, se había establecido una base de cohetes en Syrtis Major, con una pequeña colonia permanente de terrestres, todos los cuales eran científicos por su formación además de hombres de una resistencia física y un vigor fuera de lo común.
Los efectos del clima marciano y la completa alienación de las circunstancias familiares, como podría haberse esperado, fueron extremadamente agotadores y hasta desastrosos. Había una lucha continua contra bacterias pestíferas o mortíferas nuevas para la ciencia, un perpetuo asalto por parte de radiaciones peligrosas procedentes del suelo, el aire y el sol. La gravedad menor también desempeñó su papel, contribuyendo a alteraciones curiosas y profundas del metabolismo. Los peores efectos eran en los nervios y en la mente. Extrañas animosidades irracionales, manías o locuras nunca clasificadas por los especialistas, empezaron a desarrollarse entre el personal de la base de cohetes.
Hubo violentas peleas entre hombres que normalmente se mostraban controlados y cordiales. El grupo, compuesto por quince en total, pronto se dividió en varias camarillas, una contra las otras; y este antagonismo mórbido condujo en ocasiones a auténticas peleas y hasta al derramamiento de sangre.
Una de las camarillas estaba compuesta por tres hombres: Roger Colt, Phil Gershom y Edmond Beverly. Estos tres hombres, aunque unidos de una manera curiosa, se volvieron intolerablemente antisociales hacia el resto. Parecía como si se encontrasen cerca del límite de la locura, y estaban sujetos a auténticas alucinaciones. En cualquier caso, concibieron la idea que Marte, con sus quince habitantes de la Tierra, estaba por completo superpoblado. Expresando esta idea, de la manera más ofensiva y beligerante, también empezaron a dejar caer pistas sobre su intención de adentrarse aún más en el espacio.
Las pistas no fueron tomadas en serio por el resto, dado que una tripulación de tres no era suficiente como para tripular ni siquiera el más ligero de los cohetes que eran utilizados en aquel momento. Colt, Gershom y Beverly no tuvieron dificultades al robar el Selenita, el más pequeño de las dos naves que repostaban en Syrtis Major. Sus compañeros de colonia fueron despertados un día por el rugido como de cañón de los tubos de ignición y salieron a tiempo de sus chozas de hojas de hierro para ver partir la nave, dejando una estela ardiente en dirección a Júpiter.
No se hizo ningún intento de seguirla; pero el incidente ayudó a calmar a los doce restantes y tranquilizar sus animosidades antinaturales. Se creyó, debido a ciertos comentarios que habían hecho los descontentos, que su destino era Ganímedes o Europa, ambos se creía que poseían una atmósfera capaz de sustentar la vida y la respiración humanas. Parecía dudoso, sin embargo, que pudiesen atravesar el peligroso cinturón de asteroides. Aparte de orientar su curso por entre esos cuerpos innumerablemente desperdigados, el Selenita no tenía ni combustible ni provisiones para un viaje de esta distancia.
Gershom, Colt y Beverly, en su loca prisa para abandonar la compañía de los demás, se habían olvidado de calcular las necesidades reales del viaje que se proponían y habían pasado por alto por completo sus peligros.
Después de la llamarada de despedida sobre los cielos marcianos, el Selenita no volvió a ser visto; y su destino representó un misterio durante treinta años. Entonces, en la diminuta y remota Phocea, se encontraron sus restos por la expedición Holdane a los asteroides.
Phocea, en el momento de la visita de la expedición, se encontraba en su afelio. Como otros planetoides, se descubrió que poseía una rara atmósfera, demasiado tenue como para ser respirada por los seres humanos. Ambos hemisferios estaban cubiertos con una delgada capa de nieve; y, descansando entre esta nieve, el Selenita fue visto por los exploradores mientras circunvalaban este pequeño mundo.
Se despertó un gran interés, porque la forma del montículo que había quedado parcialmente al descubierto era claramente reconocible y no podía confundirse con las rocas que le rodeaban. Holdane ordenó un aterrizaje y varios hombres, con trajes espaciales, procedieron a examinar el pecio. En seguida lo identificaron como el largo tiempo desaparecido Selenita.
Mirando por una de sus ventanas, de ancho e irrompible neocristal, se encontraron bajo la mirada sin vista de un esqueleto humano, que se había desplomado hacia adelante contra la pared inclinada sobre él. Parecía sonreír con una sardónica bienvenida. El casco de la nave estaba parcialmente enterrado en el suelo pedregoso, arrugado y hasta un poco derretido, aunque no roto, a causa de su aterrizaje. La escotilla estaba tan completamente atascada y fundida, que resultaba imposible entrar sin hacer uso de un soplete.
Enormes y marchitas plantas criptógamas, con aspecto de parras, que se deshacían al tocarlas, estaban pegadas al casco y a las rocas adyacentes. En la nieve ligera, debajo del ojo de buey vigilado por el esqueleto, descansaban cierto número de cuerpos con caparazón que resultaron ser los de altas formas de insectos, como gigantescos phasmidae. Por la postura y colocación de sus alargados miembros tubulares, más largos que los de un hombre, parecía que habían caminado erectos. Resultaban inimaginablemente grotescos y su composición, a causa de la gravedad prácticamente inexistente, era fantásticamente porosa e insustancial. Muchos otros cuerpos, de un tipo similar, fueron después encontrados en otras zonas del planetoide, pero no fue descubierto ningún ser vivo. Todas las formas de vida, estaba claro, habían perecido, en el invierno transártico del afelio de Phocea.
Cuando se hubo entrado en el Selenita, el grupo descubrió, gracias a una especie de cuaderno o diario encontrado en el suelo, que el esqueleto era todo lo que quedaba de Edmond Beverly. No había rastro de sus dos compañeros; pero el diario, al examinarlo, demostró contener un registro de su destino, además de las aventuras subsiguientes de Beverly, llegando casi hasta el momento de su muerte de una causa sospechosa e inexplicada.
La narración era extraña y trágica. Beverly, según las apariencias, la había ido escribiendo día a día, tras su partida de Syrtis Major, en un esfuerzo para conservar un resto de moral y de coherencia mental entre la negra alienación y la desorientación del infinito. Lo transcribo a continuación, omitiendo tan sólo los pasajes iniciales, que estaban llenos de detalles sin importancia y de animadversiones personales. Las primeras entradas tenían todas fecha y Beverly había hecho un esfuerzo heroico para medir y llevar la cuenta del tiempo en la noche inmutable del vacío en términos de tiempo terrestre. Pero, después de su aterrizaje desastroso en Phocea, había abandonado esto; y la verdadera extensión temporal medida por sus entradas tan sólo puede ser objeto de conjeturas.

EL DIARIO
10 de septiembre. Marte es tan sólo una estrella roja pálida en las ventanas traseras; y, de acuerdo con mis cálculos, pronto nos acercaremos a la órbita del asteroide más próximo. Júpiter y su sistema de lunas se encuentran, aparentemente, tan lejanos como siempre, como boyas en la inalcanzable costa de la eternidad. Incluso más que al principio, siento esa terrible y sofocante ilusión, que acompaña el viaje por el éter, de permanecer completamente estacionario en un vacío estático.
Gershom, sin embargo, se queja de alteraciones del equilibrio, con mucho vértigo y una frecuente sensación de caída, como si la nave estuviese cayéndose debajo de él, a través del abismo sin fondo, a una velocidad precipitada. La causa de semejantes síntomas es bastante oscura, dado que los generadores de gravedad artificial están en buen estado de funcionamiento. Ni Colt ni yo hemos sufrido desórdenes semejantes. A mí me parece que una sensación de caída sería casi un alivio de esta sensación de inmovilidad de pesadilla; pero Gershom parece estar gravemente enfermo a causa de ello, y dice que sus alucinaciones se están volviendo cada vez más fuertes, con intervalos cada vez más breves de normalidad; tiene miedo que esto se convierta en algo continuo.

11 de septiembre. Colt ha hecho una estimación de nuestras provisiones y de nuestro combustible, y piensa que, con una cuidadosa administración, seremos capaces de alcanzar Europa. He estado revisando sus cálculos, y he encontrado que se muestra excesivamente optimista. De acuerdo con mi estimación, el combustible se acabará cuando nos encontremos a medio camino en el cinturón de asteroides; aunque la comida, el agua y el aire comprimido posiblemente nos durarían la mayor parte de la ruta hasta Europa. Debo ocultar este descubrimiento a los otros. Es demasiado tarde como para dar la vuelta. Me pregunto si todos estuvimos locos, para partir en este viaje errante por la inmensidad estelar sin verdadera preparación ni consideración de las consecuencias. Colt, por lo que parece, ha perdido por completo la capacidad de hacer cálculos matemáticos: sus figuras están llenas de los errores más evidentes.
Gershom es incapaz de dormir, y no es apto ni siquiera para hacer su turno de guardia. La alucinación de caída le obsesiona perpetuamente, y grita de terror, pensando que la nave esta a punto de chocar en algún oscuro planeta desconocido al cual estamos siendo atraídos por una fuerza de gravedad irresistible. Comer, beber y moverse le resulta todo muy difícil, quejándose de ni siquiera poder tomar el aire por completo al inhalar..., que el aire le es arrancado por la caída vertiginosa. Su situación es, sin duda, dolorosa y patética.

12 de septiembre. Gershom está peor..., el bromuro de potasio, e incluso una fuerte dosis de morfina del botiquín del Selenita, no le han aliviado ni le han permitido dormir. Tiene el aspecto de un hombre que se ahoga hasta el punto de la estrangulación. Le cuesta trabajo hablar.
Colt se ha vuelto muy callado y malhumorado, y me gruñe cada vez que me dirijo a él. Creo que el problema de Gershom le ha afectado seriamente los nervios..., como a mí. Pero mi carga es más pesada que la de Colt, porque soy consciente del inevitable fracaso de nuestra alocada y desafortunada exploración. A veces, me gustaría que todo hubiese terminado... Los infiernos de la mente humana son más extensos que el espacio y más oscuros que la noche entre los mundos..., y cada uno de nosotros tres ha pasado varias eternidades en el infierno. Nuestro intento de escapar nos ha arrojado a un limbo negro y sin orillas, por el cual estamos condenados a acarrear aún con nuestra propia perdición privada.
Como Gershom, me siento incapaz de dormir. Pero, a diferencia de él, soy atormentado por ilusiones de inmovilidad perpetua. A pesar de mis cálculos diarios, que me confirman nuestro progreso por el espacio, no consigo convencerme en absoluto que nos hayamos movido. Me parece que estamos suspendidos como el ataúd de Mahoma, alejados de la Tierra e igualmente alejados de las estrellas, en una extensión inconmensurable sin límites ni direcciones. No puedo describir lo terrible del sentimiento.

13 de septiembre. Durante mi guardia, Colt abrió el armario de las medicinas y consiguió inyectarse morfina. Cuando llegó su turno, se encontraba en un estado de estupor y no pude hacer nada para despertarle. Gershom había seguido empeorando de una manera continua y parecía estar soportando un millar de muertes..., así que no había nada que yo pudiese hacer, excepto continuar montando la guardia durante tanto tiempo como fuese capaz. Aseguré los controles, de todos modos, para que la nave continuase en su curso sin guía humana en caso que yo me quedase dormido.
No sé cuánto tiempo me mantuve despierto..., ni cuánto tiempo dormí. Fui despertado por un extraño silbido, cuya naturaleza y causa fui incapaz de identificar en un primer momento. Miré a mi alrededor y vi que Colt seguía en su hamaca, durmiendo todavía a causa del sopor inducido por las drogas. Entonces me di cuenta que Gershom había desaparecido, y que el silbido procedía de la escotilla del aire. La puerta exterior de la escotilla estaba sólidamente cerrada..., pero, evidentemente, alguien había abierto la escotilla exterior, y el sonido estaba siendo producido por el aire que se escapaba. Se volvió más débil y se detuvo, mientras yo escuchaba.
Supe qué era lo que había sucedido... Gershom, incapaz de soportar por más tiempo su extraña alucinación, ¡se había arrojado al espacio desde el Selenita! Dirigiéndome a las ventanas de atrás, vi su cuerpo, con la cara pálida ligeramente hinchada, y los ojos abiertos y saltones. Nos estaba siguiendo como un satélite, manteniendo una distancia estable de unos diez o doce pies desde el extremo del casco de la nave. Podría haber salido en un traje espacial para recuperar el cuerpo; pero estaba seguro que Gershom ya estaba muerto, y el esfuerzo me parecía más que inútil. Dado que no había fugas del aire desde el interior, ni siquiera intenté cerrar la escotilla.
Espero y rezo para que Gershom se encuentre en paz. Flotará para siempre en el espacio cósmico... y en aquel vacío posterior en el cual no puedes seguir el tormento de la consciencia humana.

15 de septiembre. De alguna manera, nos hemos mantenido dentro de nuestro rumbo, aunque Colt está demasiado desmoralizado y drogado como para ser de mucha ayuda. Le tendré pena cuando nuestra limitada provisión de morfina se acabe.
El cuerpo de Gershom aún nos sigue, sujeto por la débil fuerza del poder gravitacional de la nave. Parece aterrorizar a Colt en sus momentos más lúcidos; y se queja que nos persigue el fantasma del muerto. Además, también es bastante duro para mí, y me pregunto cuánto será lo que aguanten mis nervios y mi mente. A veces creo que estoy empezando a desarrollar la alucinación que torturaba a Gershom y que le condujo a su muerte. Un terrible mareo me asalta, y temo que empezaré a caerme. Pero, de alguna manera, recupero el equilibrio.

16 de septiembre. Colt ha gastado toda la morfina, y empieza a dar muestras de una intensa depresión y de nerviosismo incontrolable. Su miedo del cadáver que es satélite nuestro parece crecer sobre él como si fuese una obsesión; y no puedo hacer nada para tranquilizarle. Su terror está profundizado por una extraña creencia supersticiosa.
- ¡Te digo que escucho cómo Gershom nos llama! - gritaba -; quiere compañía, ahí afuera, en el vacío negro y congelado; y no se alejará de la nave hasta que uno de los dos vaya a reunirse con él. Tienes que irte, Beverly..., es o tú o yo... De otro modo, seguirá al Selenita para siempre.
Intenté razonar con él, pero en vano. Se volvió a mí aullando como un loco.
- ¡Maldito seas!, ¡te tiraré, si no te vas de otra manera! - chillaba.
Arañándome y mordiéndome como un animal salvaje, saltó sobre mi puesto, frente al tablero de controles del Selenita. Fui casi vencido por su asalto, porque luchaba con una fuerza salvaje de loco... No me gusta escribir todo lo que sucedió, porque el simple recuerdo me pone enfermo... Finalmente, me sujetó de la garganta con una presión de uñas afiladas de la que no me pude librar y comenzó a estrangularme hasta la muerte. En defensa propia, tuve que dispararle con el arma automática que llevaba en el bolsillo. Tambaleándome mareado, jadeando a falta de aliento, me encontré mirando para abajo, hacia su cuerpo caído, desde el cual un charco rojo se extendía por el suelo.
De alguna manera, conseguí ponerme el traje espacial y, arrastrando el cuerpo de Colt por los tobillos, llegué hasta la parte exterior de la escotilla del aire. Cuando abrí la puerta, el aire que se escapaba me arrojó hacia la escotilla abierta junto con el cadáver; me costó trabajo recuperar el equilibrio y evitar ser arrastrado al espacio. El cadáver de Colt, dando en su movimiento vueltas transversales, se atrancó en mitad de la escotilla, y tuve que echarlo fuera con las manos. Entonces cerré la escotilla detrás de él. Cuando regresé a la nave, lo vi flotando, pálido e hinchado, junto al cadáver de Gershom.

17 de septiembre. Estoy solo... y, sin embargo, soy perseguido y acompañado de una manera horrible por los hombres muertos. He intentado concentrar mis facultades en el problema insoluble de la supervivencia, en las exigencias de la navegación espacial; pero todo es inútil.
Siempre soy consciente de estos cuerpos, rígidos e hinchados, nadando en el terrible silencio del vacío, con el sol, blanco y sin aire, como una lepra de luz sobre sus caras levantadas. Intento mantener la vista en los paneles de control..., o en las cartas astronómicas..., o en el diario que estoy llevando..., en las estrellas hacia las que me dirijo. Pero un magnetismo, terrible e irresistible, me hace volverme a intervalos, de una manera mecánica e impotente, hacia las ventanas de atrás. No hay palabras para lo que siento y pienso..., y las palabras son cosas tan perdidas como los mundos que he dejado tan atrás. Me hundo en un caos de vertiginoso horror, más allá de cualquier posibilidad de regreso.

18 de septiembre. Estoy entrando en la zona de los asteroides..., esas rocas desérticas, fragmentarias y amorfas, que giran desperdigadas por una gran distancia entre Marte y Júpiter. Hoy, el Selenita paso muy cerca de uno de ellos..., un cuerpo pequeño como una montaña arrancada, que se levantaba repentinamente desde la sima con cimas afiladas como cuchillos, y negras gargantas que parecían llegar hasta su mismo corazón. En unos pocos instantes, el Selenita habría chocado de lleno contra él, si no hubiese invertido los motores y girado en un brusco ángulo a la derecha. Tal y como fue, pasó lo bastante cerca como para que los cuerpos de Colt y de Gershom fuesen capturados por el campo gravitacional del planetoide; y, cuando volví la vista a la roca que se alejaba, una vez que la nave se encontraba fuera de peligro, los cadáveres habían desaparecido. Finalmente, los localicé con ayuda del reflector telescópico, y vi que estaban girando en el espacio como lunas infinitesimales en torno a aquel terrible asteroide desnudo. Quizá floten así para siempre, o se vayan alejando gradualmente en círculos cada vez menores, para encontrar una tumba en alguna de aquellas tristes cañadas sin fondo.

19 de septiembre. He pasado junto a otros asteroides..., fragmentos irregulares, poco mayores que las piedras de los meteoros; y toda mi capacidad como piloto espacial se ha visto severamente sometida a prueba para evitar una colisión. A causa de la necesidad de una vigilancia que no puede relajarse, me he visto obligado a permanecer despierto en todo momento. Pero más pronto o más tarde, me dominará el sueño y el Selenita chocará y será destruido.
Después de todo, poco importa. El final es inevitable y llegará pronto en todo caso. La provisión de comida concentrada, 100 tanques de aire comprimido, podrían mantenerme vivo durante muchos meses, ya que no hay nadie más que yo para consumirlos. Pero el combustible está casi agotado, según mis cálculos anteriores. En cualquier momento, la propulsión cesará. Entonces, la nave flotará, parada e impotente, en este limbo cósmico, y será atraída a su fin en algún arrecife asteroidal.

21 de septiembre (?). Todo lo que yo esperaba ha sucedido y, sin embargo, por algún milagro de la suerte, o de la desgracia, sigo vivo.
El combustible se terminó ayer (por lo menos, creo que fue ayer), pero me encontraba demasiado cerca del límite del agotamiento físico y mental como para darme cuenta que la ignición del cohete había cesado. Me moría de sueño, y había llegado a un estado más allá de la esperanza o la desesperanza. Vagamente, recuerdo haber ajustado los controles de la nave por la fuerza, automática, de la costumbre; y entonces me aseguré en mi hamaca y me quedé dormido instantáneamente.
No tengo modo de adivinar cuánto tiempo estuve dormido. Vagamente, en la sima más allá de los sueños, escuché el estrépito como de un trueno en la distancia, y sentí una violenta vibración que me sacudió a un apagado despertar Una sensación de antinatural y sofocante calor empezó a asaltarme mientras me esforzaba por recuperar la consciencia; pero, cuando hube abierto mis pesados ojos, tardé un poco de tiempo en darme cuenta de lo que realmente había sucedido.
Girando la cabeza para poder mirar por una de las escotillas, me quedé sorprendido al ver, en un cielo púrpura oscuro, un horizonte, helado y brillante, de roca tallada.
Por un instante, creí que la nave estaba a punto de chocar contra un repentino planetoide. Entonces, abrumadoramente, me di cuenta que el choque ya había sucedido..., que había sido despertado de mi sueño como un coma por la caída del Selenita en uno de esos islotes cósmicos.
Me encontraba ahora completamente despierto, y me apresuré a soltarme de mi hamaca; descubrí que el suelo estaba muy inclinado, como si la nave hubiese aterrizado en una cuesta o hubiese enterrado su morro en el suelo alienígena. Sintiendo una ligereza extraña y desconcertante, y siendo apenas capaz de colocar mis pies sobre el suelo, gradualmente me abrí camino hasta la escotilla más cercana. Estaba claro que el sistema de gravedad artificial de la nave había quedado fuera de funcionamiento a causa del choque, y que ahora estaba sujeto a la débil gravedad del planetoide. Me parecía que yo era tan liviano e incorpóreo como una nube..., que no era más que un espectro aéreo de mi ser anterior.
El techo y las paredes estaban extrañamente calientes; y se me ocurrió que el calentamiento podría ser efecto del paso del Selenita por alguna especie de atmósfera. El asteroide no era entonces carente por completo de aire, como se supone que son la mayoría de dichos cuerpos; y probablemente era uno de los fragmentos más grandes, con un diámetro de muchas millas..., quizá cientos. Pero ni siquiera este descubrimiento me preparó para la escena, extraña y sorprendente, que contemplé por la escotilla.
El horizonte de picos serrados, como una cadena montañosa en miniatura, descansaba a una distancia de varios cientos de yardas. Sobre éste, el pequeño sol, intensamente brillante, como una luna ardiente en su magnitud, se estaba hundiendo con una velocidad visible que dejaba al descubierto las principales estrellas y los planetas.
El Selenita se había hundido en un valle superficial, y había enterrado su proa y su panza en un suelo que se había formado por la descomposición de la roca, principalmente basáltica. En todo el contorno había bordes calados, pilares acanalados y pináculos, y sobre estos se levantaban sorprendentemente frágiles parras, tubulares y sin hojas, con anchos tentáculos amarillo - verdosos, planos y lisos como el papel. Musgos insustanciales, más altos que un hombre, y con la forma de astas planas, crecían en fila o en pequeños grupos a lo largo del valle.
Entre esos grupos, vi la aproximación de ciertos seres vivientes que se levantaron de las rocas del medio con la rapidez y ligereza con que saltan los insectos. Parecían tocar levemente el suelo con largos pasos voladores que eran a un tiempo fáciles y abruptos.
Había cinco de esos seres que, sin duda, habían sido atraídos por la caída del Selenita desde el espacio y estaban acercándose para inspeccionarlo. En unos instantes, se aproximaron a la nave y se detuvieron ante ella con la misma facilidad que había señalado todos sus movimientos.
Lo que realmente eran, yo no lo sé; a falta de otras analogías, debo asimilarlos a los insectos. Parados perfectamente verticales, se levantaban siete pies del suelo. Sus ojos, como ópalos tallados, al final de antenas curvadas protráctiles, se levantaban a la misma altura de la escotilla. Sus miembros increíblemente delgados, sus cuerpos como tallos, comparables a los de las phasmidae, o «bastones andantes», estaban cubiertos con caparazones verdigrises. Sus cabezas, de forma triangular, estaban flanqueadas por inmensas membranas perforadas, y equipadas con bocas mandibulares que parecían sonreír eternamente.
Creo que me vieron, con aquellos extraños ojos inexpresivos; porque se acercaron más, apoyándose contra la escotilla, hasta el punto que podría haberles tocado con la mano si la escotilla hubiese estado abierta. Quizá ellos también estaban sorprendidos, porque las delgadas antenas oculares parecían alargarse mientras miraban; y había una extraña agitación de los brazos con caparazón, un temblor de sus bocas cornudas, como sí estuviesen manteniendo una conversación entre ellos.
Después de un rato, se marcharon, desapareciendo rápidamente más allá del horizonte.
Desde entonces, he examinado el Selenita todo lo que me ha sido posible, para establecer los limites del daño. Creo que el casco exterior se ha arrugado, o hasta se ha fundido, porque, cuando me acerqué a la escotilla, vestido con el traje espacial, con la idea de emerger, me encontré con que no podía abrir la tapa. Mi salida de la nave se ha vuelto imposible, ya que carezco de los instrumentos con los que cortar el ancho metal o romper los duros ojos de buey de neocristal. Estoy sellado dentro del Selenita como en una prisión; a su debido tiempo, se convertirá también en mi tumba.

Más tarde. Ya no intentaré siquiera poner fechas a este diario. Es imposible, bajo las circunstancias, mantener ni siquiera un sentido aproximado del tiempo terrestre. Los cronómetros han dejado de funcionar, y su maquinaria se ha visto sacudida por el choque sin esperanza de repararla. Los períodos diurnos de este planetoide son, por lo visto, de nada más que una hora o dos de duración; y las noches son igualmente breves. La oscuridad barrió como un ala el paisaje después que hubiese terminado de escribir mi última entrada; y, desde entonces, han pasado tantos de esos días y de esas noches efímeros, que he dejado de contarlos. Mi propio sentido de la duración está quedando extrañamente confundido. Ahora que estoy algo acostumbrado a esta situación, los breves días se arrastran con un tedio inconmensurable.
Los seres a los que llamo los bastones andantes han regresado a la nave, viniendo diariamente, y trayendo a puñados y a centenares de sus semejantes. Parece que se corresponden en cierta medida a la humanidad, siendo la forma de vida dominante en este mundo. En la mayoría de las cosas, resultan incomprensiblemente ajenos: pero algunas de sus acciones tienen un remoto parentesco con las de los hombres, y sugieren instintos e impulsos similares.
Evidentemente, sienten curiosidad. Se amontonan en torno al Selenita en grandes números, inspeccionándolo con sus ojos transportados por antenas, tocando el casco y las escotillas con sus atenuados miembros. Creo que están intentando establecer algún tipo de comunicación conmigo. No puedo estar seguro que emitan sonidos vocales, ya que el casco de la nave está insonorizado, pero estoy seguro que los gestos rígidos y parecidos a señales que repiten en un cierto orden ante la escotilla en cuanto me ven, están cargados de un sentido consciente y definido.
También creo detectar una auténtica veneración en su actitud, tal y como sería ofrecida por salvajes a un misterioso visitante de los cielos. Cada día, cuando se agrupan ante la nave, traen curiosas frutas esponjosas y formas de vegetación porosa, que dejan como ofrendas de sacrificio en el suelo. Por sus gestos, parecen implorarme que acepte estas ofrendas.
Aunque resulte extraño, las frutas y los vegetales siempre desaparecen durante la noche. Son comidos por grandes criaturas luminosas voladoras, con alas filiformes, que parecen ser completamente noctámbulas en sus hábitos.
Por supuesto, los bastones andantes creen que yo, el extraño dios de más allá de las estrellas, he aceptado el sacrificio.
Todo es extraño, irreal, inmaterial. La pérdida de la gravedad normal me hace sentirme como un fantasma; y me parece vivir en un mundo de fantasmas. Mis pensamientos, mis recuerdos, mi desesperación... no son más que nieblas que tiemblan al borde del olvido... Y, sin embargo, por una fantástica ironía, ¡me adoran como a un dios!

Han transcurrido innumerables días desde que hice mi última entrada en el diario. Las estaciones del asteroide han cambiado; los días se han vuelto más breves, las noches más largas; y una aridez invernal empapa el valle. Las frágiles enredaderas planas se están marchitando sobre las rocas, y los altos setos de musgos han adquirido tonos de malva y rubios... El sol gira en un arco bajo sobre el horizonte serrado, y su órbita es pequeña y pálida, como si se estuviese alejando en la negra sima entre las estrellas.
Las gentes del asteroide vienen menos a menudo, parecen menores en número, y sus ofrendas en sacrificio son más raras y escasas. Ya no traen frutas como esponjas, sino sólo hongos pálidos y porosos que parecen haber sido cosechados en cavernas.
Se mueven lentamente, como si el frío invernal comenzase a atontarles.
Ayer, tres de ellos se cayeron después de depositar sus regalos, y se quedaron quietos ante la nave. No se han movido, y estoy seguro que están muertos. Las criaturas luminosas que vuelan de noche han dejado de venir, y los sacrificios permanecen intactos junto a sus portadores.
Lo terrible de mi destino se ha cerrado sobre mí hoy. Ninguno más de los bastones andantes ha acudido. Creo que todos han muerto..., las criaturas efímeras de este diminuto mundo que me está llevando con él a un rumbo ártico del Sistema Solar. Sin duda, sus vidas se corresponden con su verano, con su perihelio.
Pequeñas nubes se han formado en el oscuro aire, y cae nieve como un polvo fino. Siento una tristeza inexpresable con palabras..., una fatiga sobre la que no puedo escribir. El aparato de calefacción del Selenita está todavía en buen estado de funcionamiento.
Pero el frío negro del espacio ha caído sobre mi espíritu.
Extraño..., no me sentía tan completamente solo y abandonado cuando la gente insecto venía cada día. Ahora que ya no vienen, parece que he sido alcanzado por el horror definitivo de la soledad, por el gélido horror de una alienación más allá de la vida. Ya no puedo escribir más, porque me fallan el cerebro y el corazón.

Parece que aún sigo vivo, tras una eternidad de niebla y locura en la nave, de muerte e invierno en el mundo exterior.
Durante este tiempo, no he escrito en el diario; y no sé qué impulso oscuro me induce a una práctica tan irracional y fútil.
Creo que es el sol, pasando en un arco más alto y más largo sobre el paisaje muerto, el que me ha llamado de las profundidades de la desesperación. La nieve se ha derretido sobre las rocas, formando pequeños arroyos y charcos de agua; y extraños brotes de plantas están naciendo del suelo arenoso. Mientras las miro, se levantan y se hinchan de un modo visible. Estoy más allá de la esperanza, más allá de la vida, en un extraño vacío; pero veo las cosas como las ve un condenado cautivo que ve los movimientos de la vida más allá de su celda. Despiertan en mí una emoción de la que he olvidado hasta el nombre.
Mis suministros de comida son escasos, y los de aire todavía más escasos. Me da miedo calcular cuánto tiempo más van a durarme. He intentado romper las escotillas de neocristal, utilizando como martillo una llave inglesa grande; pero los golpes, debido en parte a mi propia carencia de peso, son tan inútiles como el toque de una pluma. De todos modos, lo más probable es que el aire exterior fuese demasiado tenue como para ser respirado por seres humanos.
El pueblo de los bastones andantes ha vuelto a aparecer ante la nave. Estoy seguro, por su menor estatura, su color más brillante y el desarrollo inmaduro de ciertos órganos, que representan una nueva generación. Ninguno de mis anteriores visitantes ha sobrevivido al invierno; pero, de alguna manera, los nuevos parecen mirar el Selenita con la misma reverencia y curiosidad que sus mayores. También ellos han empezado a traer regalos de frutas de aspecto insustancial, y dejan flores filiformes bajo el casco... Me pregunto cómo se reproducen, y cómo transmiten sus conocimientos de una generación a otra...
Las enredaderas planas, parecidas a hongos, están ascendiendo por las rocas, están trepando sobre el casco del Selenita. Los jóvenes bastones andantes se reúnen diariamente para adorar, hacen esos gestos enigmáticos que nunca he entendido, y se mueven dando vueltas rápidas en torno a la nave, como en los pasos de una danza hierática... Yo, el perdido y condenado, he sido un dios para dos generaciones. Quizá me sigan adorando después que haya muerto. Creo que el aire casi se ha acabado..., tengo la cabeza más ligera que de costumbre y siento una extraña constricción en la garganta y en los pulmones...
Quizá esté un poco delirante y haya empezado a imaginarme cosas; pero acabo de notar un extraño fenómeno que no había notado hasta ahora. No sé lo que es. Una delgada niebla como una columna, moviéndose y retorciéndose como una serpiente, con colores opalinos que cambian a cada momento, ha aparecido entre las rocas y comienza a dirigirse hacia la nave. Parece algo vivo..., una entidad vaporosa; y, de alguna manera, es venenosa y hostil. Se desliza hacia adelante, levantándose por encima de la multitud de phasmidae, quienes se han postrado como si tuviesen miedo. Ahora puedo verlo más claramente: es medio transparente, con una red de hebras grises entre sus cambiantes colores; y está estirando un tentáculo largo y tembloroso.
Es alguna forma de vida rara, desconocida para la ciencia terrestre; y ni siquiera puedo conjeturar cuál es su naturaleza y cuáles son sus atributos. Sin duda, acaba de descubrir la presencia del Selenita, y ha sido atraído por la curiosidad, como el pueblo de los bastones andantes.
El tentáculo ha tocado el casco..., ha alcanzado la escotilla detrás de la cual me encuentro escribiendo estas palabras. Las fibras grises en el tentáculo brillan como con un fuego repentino. ¡Dios mío!... Está atravesando la lente de neocristal...


FIN


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