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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO DESPERTARá EN DOSCIENTOS AñOS (por Andrei Gorbovsky)
Un hombre caminaba por el bosque, con paso decidido, apartando las ramas a medida que caminaba y aplastando hormigueros y leños caídos. De tiempo en tiempo se quitaba los anteojos para limpiarlos de las telarañas que se habían adherido a ellos, y cuando lo hacía se podían ver sus ojos. Tenía alrededor de veinticinco años.
Caminó por un largo rato, hasta que al final salió a un pequeño claro rodeado por una espesa pared de arbustos. Agachándose, hizo deslizar un objeto pesado y a sus pies se abrió una cavidad.
Antes de descender, el hombre echó una larga mirada a su alrededor. Muchas veces se había representado mentalmente ese momento, pero ahora el conocimiento de que nunca volvería a ver esos arbustos y árboles otra vez, de que estaba dándole una última mirada a todo eso, por alguna razón no lo conmovía. Se demoró por un rato, esperando que surgiera el sentimiento de la partida, pero no se produjo.
Lentamente, el hombre descendió. La losa de ladrillos cubiertos de moho se deslizó pesadamente, cerrando la cavidad sobre él, y el claro volvió a su estado anterior. Un viento se hizo sentir sobre las copas de los árboles, y luego todo estuvo quieto otra vez.
La idea se le había presentado por primera vez mientras se hallaba en un comercio mirando pescados congelados. Aparentemente, cuando se deshelaban esos trozos de hielo, volvían a la vida; las aletas volvían a moverse y los ojos redondos miraban, estúpidamente al mundo. Andrei no estaba preparado aún para aceptar la idea que se estaba formando en su mente, y había empezado a leer sobre anabiosis. A su manera, se había enterado de experimentos realizados con seres de sangre caliente, incluso con el hombre: los hombres habían sido devueltos a la vida después de largos períodos de anabiosis, y el único factor esencial consistía en mantener una temperatura constante.
Desde el principio, la idea de un viaje hacia la no existencia había parecido atractiva; sumergirse abruptamente por veinte o treinta años, para asombrarse de todos los que lo conocían. Pero luego Andrei había decidido que ese no sería un contraste suficientemente grande; por lo menos, lo que viera al final de ese período no tendría mucha relación con las promesas de los cuentos de ciencia ficción. En todo caso, la tentación de transportarse a sí mismo profundamente hacia el oscuro futuro era demasiado grande. Para eso sería suficiente saltear un período de unos cien años. Por último, decidió que debían ser doscientos.
Después de eso, las cosas se desarrollaron como si el destino mismo hubiera deseado que él consignara su objetivo. El hecho es que Andrei tenía un empleo. Trabajaba en una empresa nada agradable que se autodenominaba «editorial de diccionarios». Cómo llegó a trabajar allí, era algo que el mismo Andrei no habría podido decir. A diferencia del resto de sus compañeros en ese importante establecimiento, Andrei no estaba convencido de estar cumpliendo con su misión en la vida al clasificar tarjetas por orden alfabético y al marchitarse sobre los diccionarios. Su obsesión por la anabiosis no pudo dejar de afectar, de manera muy desafortunada, el futuro diccionario de embriología en el idioma de Tierra del Fuego, una publicación que, a estar por lo que decía la señorita Vetashevskaya, encargada de la edición, era esperada con ansiedad por todas las naciones, desde Tierra del Fuego a Taimir.

Las cosas se ponían peor para Andrei a medida que soñaba cada vez más con transportarse a la brillante era de los cohetes fotón y los paisajes marcianos. Así nació el proyecto de una habitación subterránea en la que un sistema de refrigeración, automáticamente controlado, mantendría una temperatura baja constante: cuando un conjunto de unidades empezaba a debilitarse, otro se pondría en funcionamiento de manera automática. Su problema mayor consistía en hallar un sistema de aprovisionamiento de energía, porque el más poderoso conjunto de acumuladores imaginable no habría sido suficiente para un período semejante. Para la época en que la parte teórica finalmente estuvo resuelta, en su empleo se le habían acumulado tantas nubes sobre la cabeza que no le quedaba otra solución que ponerse a trabajar.

La señorita Vetashevskaya anunció que de ninguna manera mantendría en sus puestos a los empleados incompetentes, y el empleado incompetente en cuestión era Andrei. Estaba comprometiendo los vínculos de amistad entre personas a las que unía la publicación del diccionario de embriología. A los niveles superiores llegó un informe comprometedor, y por último Andrei fue llamado a presentarse ante el consejo directivo. Después de eso trabajó como un buey durante dos meses, realizando en ese lapso una cantidad de trabajo que normalmente habría llevado un año. El diccionario de embriología en el idioma de Tierra del Fuego llegó a la letra «B». En ese punto Andrei puso de lado las tarjetas y se ocupó de su propio proyecto.
Andrei había elegido ese claro particular del bosque porque le parecía lo suficientemente alejado como para garantizar que por doscientos años nada lo estorbaría. Había tenido que arreglar para que un camión le trajera las bolsas de cemento. El conductor se había sorprendido cuando Andrei le ordenó que descargara las bolsas en el extremo del bosque. Lo había mirado con ansiedad, pero luego, dando por aceptado que tenía frente a sí a un deficiente mental, se calmó y trepó por la parte trasera del camión. Sus sospechas se calmaron por completo cuando Andrei le pagó. Zangoloteándose sobre el suelo desigual, el camión había partido, dejando a Andrei solo sobre una pila de bolsas.
Había trabajado en el bosque todo el verano. Allí pasó sus vacaciones y otro mes más, pedido sin goce de sueldo; a fines de otoño, las cosas estaban finalmente listas.
Cuando la trampa se cerró sobre él, Andrei encendió la luz. La habitación tenía forma oval, pero con el grado de irregularidad que parece inevitable cuando la tarea de construcción la encara un aficionado.
Andrei probó los sistemas por última vez. Todo funcionaba de manera perfecta. Los puso en funcionamiento otra vez, y luego otra vez más. Sabía que esa era una táctica dilatoria de su parte. Rápidamente, para eliminar toda posibilidad de arrepentimiento, Andrei tomó una píldora para dormir y se acostó sobre una plataforma especial que estaba en el centro del recinto. La luz se apagó. En veinte minutos, cuando él ya estuviera durmiendo profundamente, los sistemas refrigeradores se pondrían en funcionamiento. Andrei cerró los ojos. Le parecía que podía oír el viento que arrastraba las hojas secas en el claro, encima de él.
Había conseguido despedirse de todos. Eso estaba bien. Incluso había saludado a Lena. El corazón de Andrei se contrajo, pero se obligó a pensar en otra cosa.
Durante esos últimos días Andrei no había necesitado realmente ir al trabajo, pero de todos modos había ido y había encarado todo el trabajo que le dieron. Hoy era sábado, su último día en la editorial. Para los otros, ese día no era diferente de ninguno de los días precedentes o de los que vendrían. El lunes, todos se volverían a encontrar dentro de esas mismas paredes. Sólo Andrei sabía que para él no habría lunes, y ese secreto, que no podía compartir con nadie, lo atormentaba un poco.
«Oxigenar», «Oxígeno», «Oxigonio»... Andrei trataba de clasificar las tarjetas, pero no conseguía realizar su trabajo hoy. Miró por la ventana, y luego a Vera, la dactilógrafa, que como ocurría todos los sábados, parecía dedicar todo el tiempo a mirarse en el espejo. Luego Andrei miró las cinco cabezas familiares, como siempre inclinadas sobre cinco escritorios cubiertos de tarjetas, diccionarios y galeradas, y empezó a componer mentalmente un discurso de despedida.
—Mis queridos amigos... y no sólo amigos, —empezaría—. Los dejo, y nunca volveremos a encontrarnos. Me voy hacia el futuro como embajador de nuestra era. Les contaré a las personas del futuro sobre nuestro tiempo y sobre todos ustedes.
Andrei sin duda habría desarrollado el tema si no lo hubiera arrancado de su estado creativo la voz de Vera.
—¡Andrei! Teléfono.
Tomó el receptor.
Era el compilador del diccionario, un digno y anciano caballero que no pudo haber elegido un momento más oportuno para llamar.
—Esto es muy importante —su voz penetrante sonó a través del teléfono—. La palabra «ciego» la tenemos en el diccionario, pero debemos dar la forma diminutiva y superlativa, usted sabe, con el prefijo «pikh-pikh-kha-kha» eso es importante desde el punto de vista de la erudición de la obra.
El viejo era el único especialista en el idioma de Tierra del Fuego, y como tal era el orgullo de los círculos académicos. Había sido alumno del profesor Beloshadsky, quien a su vez había estudiado el idioma con el profesor Starotserkovsky. Starotserkovsky había sido alumno del profesor Wold, y Wold afirmaba haber estudiado con el profesor Beloshadsky. Si de verdad éste era el caso, entonces se trataba de un círculo cerrado y con toda seguridad representaba un fenómeno interesante en el campo de la lingüística.
Andrei se demoró deliberadamente para ser el último en marcharse: quería retirar con comodidad el periódico fijo a la pared para llevárselo consigo. Junto con un grupo de panfletos, periódicos y fotografías de aficionados ya acumulados en la cámara, representaba a lo que mentalmente se refería como «una reliquia de la época».
Andrei quitó cuidadosamente las chinches y el papel se enrolló por sí mismo. La pared pareció súbitamente desnuda.

Aun cuando todo estaba ya decidido, y Andrei sabía que realizaría lo que había planeado, a último momento experimentó la necesidad de impedir toda posibilidad de regreso: la gente indecisa a menudo se obliga a actuar de manera decisiva por tales medios. Como no se le ocurrió ninguna idea más brillante, simplemente hizo un dibujo cuidadoso de los rasgos de la señorita Vetashevskaya, embelleciéndolos con un par de largas orejas de burro; una la pintó erguida, la otra caída. Para que todo fuera final e irrevocable, firmó el retrato: «Estimada señorita encargada de la edición, de Andrei». Atravesando la oficina furtivamente, colocó el papel entre la tapa del escritorio de la señorita Vetashevskaya y el cristal que la cubría.

Andrei salió de la editorial muy exaltado. La misma idiotez de la travesura había servido para ponerlo en ese estado. Ahora no había camino de regreso alguno. Sólo estaba el camino hacia el futuro, donde plateadas naves interestelares remontaban el cielo azul en viaje hacia mundos distantes. Y por eso, ¡era tan agradable descender la blanca escalera sabiendo que sería la última vez!
Mientras recordaba todo esto, Andrei sonrió en la oscuridad. Sólo cuando descendió del tren eléctrico en la estación recordó su reloj. Se lo regaló a un muchachito que pasaba por allí, quien se sintió invadido por una gran excitación ante el inesperado regalo.
Andrei estuvo acostado por algún tiempo sin pensar, y sólo ahora, desde algún punto profundo de su conciencia, empezaba a surgir un sentimiento de pena por el mundo que estaba abandonando. Comenzó a decirse una y otra vez que podría detener el experimento cuando lo quisiera, salir de la cámara y marcharse del bosque. Por un largo rato estuvo tendido, tranquilizado por el pensamiento y sintiéndose bien. Pero cuando trató (o le pareció a él que había tratado) de incorporarse, una especie de densos copos negros cayeron de pronto de algún punto del cielo raso, y ya no pudo levantarse más...

Sólo pasó un momento, un momento indescriptiblemente breve, y la conciencia empezó a volver de manera lenta. Flotaba como un punto dorado frente a él, elevándose de las negras profundidades de la inexistencia y aproximándose. Entonces aparecieron algunos círculos y comenzaron a unirse en el centro con rapidez cada vez mayor hasta que se congelaron, temblando levemente, y se convirtieron en la pequeña lámpara eléctrica que estaba encendida arriba de Andrei. La lámpara daba un leve resplandor de tonalidad rojiza.
De inmediato comprendió dónde estaba y qué significaba despertar, pero siguió acostado e inmóvil por un largo rato. Se sentía espantosamente, como un enorme casco congelado, y sólo su mente parecía estar activa. Podía sentir la pétrea inmovilidad de su cuerpo y temía moverse: estaba asustado del irremediable pánico que lo invadiría si no lo lograba. Además, si la temperatura no se elevaba para que su carne pudiera recuperar la vida, no sería capaz de elevar el trozo de hielo en que se había convertido su mano para hacer girar el calefactor un poco a la derecha... un poco a la derecha... un poco a la derecha...
Movió sus dedos, luego la mano. Resultó más fácil de lo que esperaba. Unos segundos después Andrei estaba sentado.
Abrió la trampa con alguna dificultad. En lo alto, se veían brillar las estrellas. De pronto, volvió a sentirse invadido por el temor. Esta vez era el temor del mundo desconocido y extraño que tantos esfuerzos había hecho por encontrar. Ahora ese mundo estaba acechándolo en algún punto exterior, esperándolo.
Una sensación de infinita soledad lo invadió. Aun las tumbas de los hombres que una vez él conociera habían sido olvidadas hacía mucho, mucho tiempo. Sólo ahora experimentaba realmente la irrevocabilidad de lo que había ocurrido, y sentía toda la crueldad del destino que él mismo se había preparado.
Irguiendo la cabeza, Andrei empezó a subir lentamente los escalones.
Andrei se esforzaba para no pensar en lo que ahora aparecería, ante sus ojos: una estepa quemada, llena de cenizas, y horizontes muertos, deshabitados; una ciudad blanca de brillante plástico, o un mundo desprovisto de seres humanos, todos destruidos por las epidemias traídas por aquellos que habían estado en otros planetas.
Andrei estaba preparado para todo. Subió el último escalón y miró.
El bosque se extendía a su alrededor. El viento arrastraba las hojas secas entre los arbustos.
Andrei se rió. En algún punto lejano un pájaro trinó. Decidió caminar en la dirección en que había venido hacía doscientos años. Caminó por algún tiempo. Posiblemente había pasado muchas veces sobre el lugar que ocupaba la antigua línea de ferrocarril, desde mucho tiempo ya sepultada bajo una capa de tierra y el bosque que se había formado encima. La noche continuaba, y aún no podía encontrar ninguna salida en el bosque.
Si no llegaba a alguna parte por la mañana, debería volver a su cámara, ¿pero habrían sobrevivido las provisiones que llevara consigo?
Andrei abrió un paquete de glucosa y se obligó a tomar unas pocas tabletas.
Estaba empezando a amanecer.
El bosque inesperadamente se tornó menos denso y Andrei descubrió de pronto una larga plataforma y junto a ella lo que una vez él habría llamado vagones de tren. Un temor atávico y absurdo de perder el tren lo dominó, y para su sorpresa se halló repentinamente corriendo hacia la plataforma. No tuvo tiempo de mirar a su alrededor o de pensar; apenas hubo trepado cuando el aparato empezó a moverse y, tomando velocidad, enfiló hacia algún punto, dejando atrás el umbroso bosque.
Andrei estaba solo en el amplio compartimiento, que le recordó de alguna manera los coches suburbanos de su época. Incluso los asientos estaban cubiertos con esas láminas de plástico que imitaban fielmente la textura de la madera.
Cuando algún tiempo después pasaron el límite del bosque, el azoramiento de Andrei creció aún más. Había estado preparado para todo, pero no para esto; era una civilización muy extraña, una civilización que deliberadamente, si bien no siempre con éxito, imitaba el pasado. El tren marchaba sin detenerse frente a pequeñas casas con antenas en forma de T en sus techos, frente a estaciones construidas con materiales desconocidos pero en el estilo que Andrei conocía tan bien.
Entonces vio gente: dos hombres y una mujer que caminaban entre los campos. El corte de las ropas ya no sorprendió a Andrei, y cuando el tren se detuvo poco después, vio que las pocas personas que subían estaban vestidas más o menos igual a él. Nadie le prestó atención. La gente se acomodó en el coche de a uno o de a dos. Algunos estaban hablando tranquilamente sobre algo, pero Andrei no podía oír palabras, sólo veía sus rostros, que eran inteligentes y amables. Sí, así era como debía parecer la gente del futuro. ¡Pero qué mundo extraño era éste!
Andrei había leído una vez sobre villorrios de Polinesia que no habían cambiado su aspecto por miles de años, y de ciudades de la Edad Media que habían existido sin cambios por siglos. Verdad, los saltos abruptos y los cambios en todos los campos habían sido característicos de la época en que él mismo había vivido una vez, en la tecnología, la arquitectura y el aspecto externo del mundo. ¿Pero sobre qué base se podía afirmar que esa tendencia seguiría por siempre? ¿Acaso no podía el progreso tomar algún otro curso que no fuera el cambio de la apariencia externa del mundo?
El tren había aminorado la marcha y se detuvo. Todos descendieron y el coche quedó vacío. También Andrei fue hacia la puerta. Se paró en la plataforma que se veía exactamente igual a la plataforma de cualquier estación del pasado. Debería buscar algún lugar donde sentarse y poner en orden sus pensamientos, elaborar algún plan de acción.
De pronto una voz surgió de alguna fuente desconocida... una voz alta y orgullosa cuyas palabras pasaban por encima de las cabezas de la multitud. Unos pocos pasos más y Andrei empezó a distinguir las palabras y sintió una gran tensión dentro de sí...
«Los trabajadores de la ciudad y el campo se están preparando para el gran día. Un entusiasmo sin precedentes impera estos días en fábricas y construcciones... Inspirado por el interés en...»
Una idea terrible, casi increíble, pasó por su mente. Andrei sintió que la plataforma cedía bajo sus pies. Con andar vacilante, dio unos pocos pasos más y se detuvo. Directamente frente a él estaba el puesto de los periódicos.
Levantó la mirada y leyó el nombre del periódico. Y el año. Y el día.
Según parecía, había dormido un poco más de veinticuatro horas. Era lunes...
Andrei se desplomó sobre la valija de alguien y sintió que lo tocaba desde atrás una mujer que empezó a gritar algo... era su valija aquella sobre la que Andrei estaba sentado, y a ella no le importaba nada él ni lo que le había ocurrido. Tampoco a la gente que pasaba apurada a su lado, caminando hacia sus destinos. A ellos no podía decirles, ni gritarles ni explicarles lo que había ocurrido.
Cuando la conmoción del primer momento hubo pasado, Andrei, para su propia sorpresa, no se sintió desilusionado ni decepcionado. En algún rincón de su corazón surgió la cobarde alegría de haber escapado, y ese mundo y esa gente, a quienes se preparaba tan despreocupadamente a abandonar, ahora le parecían mucho más importantes que todas las épocas y los mundos futuros. En todo caso, Andrei estaba seguro de una cosa, de que nunca podría obligarse a reincidir en el proyecto. Pero entonces se acordó de la señorita Vetashevskaya. ¿Qué sería de él ahora? ¡Si ella había llegado ya a la oficina, estaba perdido! Ahí y entonces comenzó una carrera entre Andrei, que forzaba su paso agitadamente por entre la multitud que estaba en la plaza frente a la estación, en busca de un taxi, y Vetashevskaya, que en ese momento subía con calma la gran escalera. Ella contestaba los saludos y de tanto en tanto se detenía para pronunciar unas pocas palabras condescendientes. Cuando Andrei finalmente se acercó a un taxi, se oyeron los gritos de enojo que surgían de la larga cola, rebosante de niños y valijas. Una vez más, las palabras eran inútiles y los gestos no podían ayudarlo... la gente le gritaba cosas a la cara y le mostraban el puño amenazante. Cuando por fin subió a un taxi, la aguja pequeña del gran reloj de la estación se había movido de manera notable hacia la derecha, acercándose, tal vez superando, el punto que marcaba la hora fatal. En él mismo momento en que Andrei cerraba con un golpe la puerta del taxi, Vetashevskaya atravesaba el umbral de la puerta de su oficina. Mientras corría por las escaleras, Andrei sentía los latidos de su corazón y los familiares escalones blancos parecían huir hacia arriba, era como si nunca pudiera alcanzar el rellano en la parte superior. Cuando vio la puerta abierta de la oficina, fue como un sueño terrible. Estaba sentado todo el personal ejecutivo y el director; y Vetashevskaya, cuyo rostro se había descompuesto en manchas doradas, les estaba mostrando el retrato. Aun a la distancia Andrei podía distinguir las orejas de burro, una erguida, la otra caída.
Por alguna razón, nadie miró en dirección a él, y cuando Andrei trató de hablar, o más bien de gritar algo, pudo sentir que sólo sus labios se movían... pero la voz no surgía.
En ese preciso momento sintió que se enfriaba y empezó a entender porqué nadie lo miraba. Sobre la alfombra, donde hubieran debido estar sus pies, no había ningún pie. No había absolutamente nada de él; pero ni siquiera tuvo tiempo para sorprenderse, porque desde algún punto superior empezaron a caer otra vez esos densos copos negros.
Andrei yacía sobre la plataforma en el centro de la cámara ovalada de ladrillos, enterrada en el subsuelo. No estaba vivo y no estaba muerto. Sobre su frente se estaba acumulando la escarcha.
Despertaría en doscientos años.


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