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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO FINIQUITO (por Orson Scott Card)
Fue repentino, un instante de negrura mientras trabajaba tarde ante su escritorio. Fue rápido como una parpadeo, pero antes de la oscuridad los papeles del escritorio parecían importantísimos, y después los miró desconcertado, preguntándose qué eran y comprendiendo que le importaba un rábano y que debía volver a casa.
Debía volver a casa sin demora. Y C. Mark Tapworth de Empresas CMT se levantó del escritorio sin terminar sus tareas, la primera vez que hacía semejante cosa en los doce años que había tardado en transformar una empresa de poca monta en una compañía de millones de dólares anuales. Sospechó que no actuaba normalmente, pero no le importaba, le importaba un bledo que más gente comprara... comprara.
C. Mark Tapworth tardó unos segundos en recordar qué fabricaba su empresa.
Se asustó. Recordó que su padre y sus tíos habían muerto de ataques de apoplejía. Recordó la senilidad prematura de su madre a los sesenta y ocho años. Recordó algo que siempre había sabido sin creerlo del todo, que era mortal y que todos los trabajos de todos sus días se trivializarían gradualmente hasta su muerte, momento en que su vida sería su único acto, la piedra olvidada cuya caída había provocado ondas en el lago que con el tiempo llegarían a la orilla sin cambiar las cosas en nada.

«Estoy cansado —concluyó—. Marylo tiene razón. Necesito un descanso.»

No era de los que descansaban, pero en ese momento, mientras permanecía de pie ante el escritorio, la negrura volvió, esta vez un salto mental, y ya no recordó nada, no vio nada, no oyó nada, cayó sin cesar en algo que era nada.
Luego, piadosamente, el mundo regresó y Mark se estremeció lamentando las demasiadas noches que se había quedado hasta esas horas, las muchas horas que no había pasado con Marylo, que la había dejado sola en esa casona sin hijos; y la imaginó esperándole durante toda una eternidad, una mujer solitaria perdida en el vasto salón, aguardando pacientemente a un esposo que siempre regresaba.
¿Es el corazón?, se preguntó. ¿O apoplejía? En cualquier caso, le bastaba con haber visto el fin del mundo acechando en esa oscuridad acuciante y, como el profeta regresando del monte, sintió que las cosas que antes importaban muchísimo ahora no importaban nada, y las cosas que había postergado ahora lo importunaban en silencio. Sintió la terrible urgencia de hacer algo antes...
¿Antes de qué? No esperó la respuesta. Atravesó la gran oficina llena de jóvenes ambiciosos que procuraban impresionarle trabajando hasta más tarde que él; notó que sentían alivio de poner fin a otra noche interminable, pero no le importó. Salió del edificio, se metió en el coche y enfiló hacia su casa a través de una llovizna brumosa que piadosamente mantenía el mundo a distancia de las ventanillas.
«Los niños deben estar arriba», comprendió. Nadie salió a recibirle. Los niños, un varón y una niña de la mitad de su talla y el doble de su energía, eran criaturas admirables que bajaban como si estuvieran esquiando, que no podían estarse quietos, como colibríes en el aire. Oyó sus correteos arriba. No habían bajado a saludarlo porque a fin de cuentas en sus vidas había cosas más importantes que un simple padre. Sonrió, dejó el maletín, fue a la cocina.
Marylo parecía alarmada. Mark reconoció los signos al instante: ella había llorado.
—¿Qué ocurre?
—Nada —dijo Marylo, pues siempre decía «Nada».
Mark supo que al cabo de un instante se lo contaría. Siempre se lo contaba todo, lo cual a veces lo impacientaba. Mientras Marylo iba en silencio de aquí para allá, del gabinete a la cocina, preparando otra cena perfecta, Mark comprendió que no iba a contárselo. Eso lo incomodo. Trató de adivinar.
—Trabajas demasiado —dijo—. Te he dicho que contrataras a una criada o una cocinera. Podemos pagarlo, por supuesto.
Marylo sonrió tímidamente.
—No quiero a nadie en mi cocina. Creí que habíamos resuelto ese tema años atrás. ¿Has tenido un día difícil en la oficina?
Mark iba a mencionar sus extrañas lagunas, pero se contuvo. Habría que tocar ese tema con delicadeza. Marylo no sabría afrontarlo en ese estado.
—No tan difícil. He terminado temprano.
—Lo sé —dijo ella—. Me alegra.
Pero no parecía alegrarse. Eso le irritó un poco. Lo decepcionó. Pero en vez de irse a lamer las heridas, se limitó a observar sus emociones como un testigo desapasionado. Se vio a sí mismo: un hombre industrioso e importante, pero en el fondo un chiquillo a quien se podía herir, ya no con una palabra, sino con un breve titubeo. Sensible, sensible. Le resultó gracioso: por un instante se vio a sí mismo a corta distancia y pudo observar su expresión divertida.
—Disculpa —dijo Marylo, apartándolo para abrir una puerta. Cogió una olla de presión—. Nos hemos quedado sin puré en polvo. Tendremos que hacerlo al estilo primitivo. —Echó las patatas peladas en el recipiente.
—Los niños están muy callados —dijo Mark—. ¿Sabes qué están haciendo?
Marylo lo miró desconcertanda.
—No han venido a recibirme. No es que me moleste. Supongo que están ocupados con sus cosas.
—Mark —dijo Marylo.
—Vale, no te puedo ocultar nada. En realidad no me ha molestado tanto. Quiero ver la correspondencia de hoy.
Salió de la cocina y advirtió que Marylo rompía a llorar de nuevo. Decidió no preocuparse. Marylo lloraba con facilidad y a menudo.
Entró en el salón y el mobiliario le sorprendió. Esperaba ver el sofá verde y la silla que había comprado a Deseret Industries, pero el tamaño del salón y las refinadas antigüedades lo desconcertaron. De pronto su mente dio un salto y recordó que el sofá verde y la silla eran de quince años atrás, cuando se habían casado. ¿Por qué esperaba verlos? Se preocupó de nuevo. Entre otras cosas, había ido al salón a buscar la correspondencia, aunque hacía años que Marylo la guardaba en el escritorio.
Entró en su estudio, recogió la correspondencia y se puso a revisarla hasta que por el rabillo del ojo vio una cosa oscura y maciza que ocultaba la mitad inferior de una ventana. Miró. Era un ataúd bastante sencillo, apoyado en la camilla de una funeraria.
—Marylo —llamó—. Marylo.
Ella entró en el estudio con cara de miedo.
—¿SÍ?
—¿Qué hace ese ataúd en mi estudio?
—¿Ataúd?
—Junto a la ventana, Marylo. ¿Cómo ha llegado ahí?
Marylo pareció molesta.
—No lo toques, porfavor —dijo.
—¿Porqué no?
—No soportaría que lo tocaras. Les dije que podían dejarlo unas horas. Pero parece que tendrá que quedarse toda la noche. —Obviamente le repugnaba pensar que ese ataúd se quedaría en la casa tanto tiempo.
—¿Quién lo dejó aquí? ¿Y por qué nosotros? No nos interesa comprar. ¿O acaso organizan reuniones para venderlo, como si fuera Tupperware?
—El obispo llamó para pedirme... para pedirme que permitiera a la gente de la funeraria que lo dejara aquí hasta el funeral de mañana. Dijo que nadie podía ir a abrirles la iglesia y si podíamos tenerlo unas horas...
Mark pensó que la funeraria no se habría desprendido de un ataúd destinado a un funeral a menos que estuviera lleno.
—Marylo, ¿hay un cadáver aquí?
Ella asintió y una lágrima le humedeció el párpado. Mark quedó estupefacto y decidió demostrarlo.
—¿Dejaron un ataúd en la casa todo el día? ¿Contigo? ¿Con los niños?
Ella hundió la cara entre las manos, salió del estudio, subió la escalera corriendo.
Mark no la siguió. Se quedó donde estaba y miró disgustado el ataúd. Al menos habían tenido la delicadeza de cerrarlo. ¡Un ataúd! Cogió el teléfono del escritorio, marcó el número del obispo.
—No se encuentra aquí —le explicó la esposa del obispo con impaciencia.
—Tiene que sacar este cadáver de mi casa y de mi estudio esta noche. No puede imponerme semejante obligación.
—No sé dónde está el obispo. Él es médico, hermano Tapworth. Está en el hospital. Operando. No se le puede interrumpir por este asunto.
—¿Y qué he de hacer?
Ella reaccionó con brusquedad.
—¡Haga lo que quiera! ¡Saque el ataúd a la calle, si le parece! ¡Será sólo un agravio más para ese pobre hombre!
—Lo cual me lleva a otra pregunta. ¿Quién es, y por qué su familia...?
—No tiene familia, hermano Tapworth. Y no tiene dinero. Sin duda lamenta morirse bajo nuestra tutela. No tuvo amigos, pero pensamos que alguien le mostraría un poco de amabilidad en el momento de abandonar este mundo.
Su vehemencia era irresistible y Mark comprendió que no podría liberarse del ataúd esa noche.
—Mientras se lo lleven mañana —dijo. Algunas frases de cortesía y la conversación terminó. Mark se quedó en la silla, mirando el ataúd con mal ceño. Había llegado a casa preocupado por su salud y se encontraba con un ataúd. Bien, eso explicaba por qué la pobre Marylo estaba tan contrariada. Oyó que los niños discutían arriba. Bien, que Marylo se encargara. Esos problemas la distraerían del asunto del ataúd.
Se quedó mirando el ataúd durante dos horas, sin cenar, y no prestó mayor atención cuando Marylo bajó y sacó las patatas quemadas de la olla de presión, tiró la cena y se tendió a llorar en el sofá del salón. Mark observó los verticilos de la madera del ataúd, sutiles y sinuosos como llamas. Recordó que a los cinco años dormía la siesta en un improvisado dormitorio, detrás de un tabique de madera terciada, en el pequeño hogar de sus padres. La textura de la madera había sido su distracción en esas vacías horas sin sueño. En esos días veía formas: nubes, rostros, batallas, monstruos. Pero en el ataúd la textura de la madera parecía más compleja y al mismo tiempo mucho más simple. Un mapa vial que conducía hacia la tapa. Un plano de ingeniería que describía la descomposición del cuerpo. Un gráfico al pie de la cama del enfermo, que no le decía nada al paciente pero le hablaba de muerte a la mente experta del médico. Mark pensó fugazmente en el obispo, quien estaba operando a alguien que quizá terminara en una caja como aquélla.
Al fin le dolieron los ojos. Miró el reloj y se sintió culpable de haber pasado tanto tiempo encerrado en su estudio en una de las escasas noches en que volvía temprano de la oficina. Quería levantarse, ir a buscar a Marylo y llevarla a la cama. Pero en cambio se levantó, se acercó al ataúd y acarició la madera. Parecía cristal, tan grueso y liso era el barniz. Era como si la madera viviente tuviera que ser resguardada, protegida del roce de una mano. Pero la madera no estaba viva, ¿verdad? También sería sepultada para descomponerse. El barniz podía preservarla más tiempo. Tuvo la idea de barnizar un cadáver para preservarlo. Entonces los egipcios no nos aventajarían en nada, pensó.
—No lo hagas —susurró una voz desde la puerta. Era Marylo, con ojos inflamados y rostro abotargado.
—¿Qué no haga qué?—preguntó Mark.
Marylo no respondió, sólo le miró las manos. Para su sorpresa, Mark notó que apoyaba los pulgares en el borde de la tapa, como si pretendiera levantarla.
—No iba a abrirlo.
—Ven arriba —dijo Marylo.
—¿Los niños duermen?
Mark formuló la pregunta en forma inocente, pero Marylo torció la cara en una mueca de dolor, congoja y rabia.
—¿Niños? ¿A qué viene esto? ¿Y por qué esta noche? Mark se apoyó sorprendido en el ataúd. La camilla se movió un poco.
—No tenemos hijos —espetó ella.
Y Mark recordó horrorizado que ella tenía razón. Después del segundo aborto natural, el médico le había practicado una ligadura de trompas porque un nuevo embarazo podría ser fatal. No había hijos, y eso la había desconsolado durante años. Sólo había logrado escapar del hospital gracias a la gran paciencia y firmeza de Mark. Pero esa noche, al llegar a casa... Mark trató de recordar lo que había oído al llegar a casa. Estaba seguro de haber oído el correteo de los niños arriba. Seguro...
—No me encuentro bien —dijo.
—Si era una broma, la considero morbosa.
—No era una broma... era...
Tampoco ahora pudo hablarle de las extrañas lagunas que había tenido en la oficina, aunque ésta era una nueva demostración de que algo andaba mal. Nunca había recibido niños en esa casa, había advertido discretamente a sus hermanos que no le llevaran niños a la pobre Marylo, que ya estaba bastante contrariada por ser —¿cómo decía el Antiguo Testamento?— una hembra estéril.
Y se había pasado la noche hablando de niños.
—Cariño, lo siento —dijo, tratando de poner todo su fervor en esa disculpa.
—También yo —respondió ella, y se fue arriba.
«Sin duda no estará furiosa conmigo —pensó Mark—. Sin duda comprenderá que algo anda mal. Sin duda me perdonará.»
Pero al subir la escalera, quitándose la camisa, oyó de nuevo la voz de un niño.
—Quiero beber algo, mamá. —Esa voz plañidera que sólo es posible en un niño bien tratado, seguro del amor. Mark se volvió en el rellano y vio que Marylo entraba en el dormitorio de los niños con un vaso de agua en la mano. No le concedió importancia alguna. Los niños siempre exigían mayor atención a la hora de acostarse.
Los niños. Los niños, claro que había niños. Por eso había sentido esa urgencia en la oficina, ese afán de volver a casa. Siempre habían querido hijos, y había hijos. C. Mark Tapworth siempre conseguía lo que se proponía.
—Dormidos al fin —suspiró Marylo cuando entró en el dormitorio.
A pesar de su fatiga, le dio un beso insinuante. Mark nunca se había interesado mucho en lo sexual. Que los lectores del Reader's Digest se preocupen por tener una vida sexual más plena, decía siempre. Para él, el sexo era importante, pero no era lo mejor de la vida, sólo uno de los modos en que él y Marylo se comunicaban. Pero esta noche estaba molesto, preocupado. No porque no pudiera, pues nunca había sufrido problemas de impotencia, ni siquiera temporal, salvo cuando tenía fiebre y de todos modos no tenía ganas. Sólo le molestaba su falta de interés.
Pero tampoco sentía aversión. Simplemente repetía el ritual como lo había hecho en tantas ocasiones, y de pronto le pareció vacío, le evocó los besuqueos en el asiento trasero de un coche. Le inquietaba que unas caricias lo perturbaran tanto. Casi sintió alivio cuando uno de los niños gritó. Habitualmente hubiera dicho que no le prestara atención, hubiera insistido en seguir haciendo el amor. Pero esta vez se apartó, se puso una bata, entró en la otra habitación para calmar al niño.
No había otra habitación.
No en esa casa. Mentalmente había enfilado hacia una habitación donde había una cuna, una mesa para cambiar al bebé, una cómoda, móviles, un empapelado alegre, pero eso había sido años atrás, en el pequeño hogar de Sandy, no en esta casa de Federal Heights con su magnífica vista de Salt Lake City, su bella construcción y una decoración que proclamaba a pleno pulmón su buen gusto y su riqueza al tiempo que hablaba en susurros de pena y soledad. Se apoyó en la pared.
No había hijos. No había niños. El llanto del niño aún le resonaba en la mente.
Marylo estaba en la puerta de dormitorio, desnuda pero con la bata en la mano.
—Mark —dijo—. Tengo miedo.
—También yo.
Pero Marylo no hizo preguntas, y Mark se puso el pijama y se acostaron.
Mientras yacía en la oscuridad escuchando la queda respiración de Marylo comprendió que apenas le importaba. Estaba perdiendo el juicio, pero no le importaba. Pensó en rezar, pero hacía años que no rezaba, aunque no deseaba que nadie supiera que había perdido la fe, y menos en una ciudad donde era buen negocio ser un mormón activo. Sabía que en este trance Dios no le ayudaría. Tampoco Marylo, pues en vez de ser fuerte, como se mostraba habitualmente en una emergencia, esta vez, como había dicho, tenía miedo.
«Bien, también yo», se dijo Mark. Acarició la mejilla de la esposa, notó que tenía arrugas cerca del ojo, comprendió que ella no sentía miedo por su enfermedad, sino porque ese raro malestar era indicio de vejez, de senilidad, de separación inminente. Recordó el ataúd, como la muerte apostada para vigilarlo hasta que al fin aceptara irse. Se enfadó con su esposa por haber llevado la muerte a su casa, por imponerla con semejante impudicia; y luego se despreocupó. No importaban el ataúd ni sus lagunas, nada.
«Estoy en paz —comprendió mientras se dormía—. Estoy en paz y no me gusta demasiado.»


—Mark —dijo Marylo, despertándolo—. Mark, te has quedado dormido.
Mark abrió los ojos, le murmuró que dejara de sacurdirlo, trató de seguir durmiendo.
—Mark —insistió Marylo.
—Estoy cansado —protestó Mark.
—Sé que estás cansado. Por eso no te he despertado antes. Pero acaban de llamar. Hay una emergencia...
—No saben desatascar el váter sin que alguien les sostenga la mano.
—No seas grosero, Mark. He mandado a los niños a la escuela sin permitirles que te despertaran para darte un beso. Se han enfurruñado.
—Buenos niños.
—Mark, te esperan en la oficina.
Mark cerró los ojos y habló con voz mesurada.
—Puedes decirles que iré cuando me dé la gana y si no pueden apañárselas los despediré por incompetentes.
Marylo calló un momento.
—Mark, no puedo decirles eso.
—Literalmente. Estoy agotado. Necesito descansar. La mente me está gastando malas pasadas.
Mark recordó las ilusiones del día anterior, entre ellas la ilusión de tener hijos.
—No hay niños —dijo.
Ella lo miró atónita.
—¿A qué te refieres? —preguntó al fin.
Mark quiso gritarle, preguntarle qué cuernos ocurría, por qué demonios no le decía la verdad. Pero el sopor y la abulia lo dominaron y guardó silencio, sólo rodó para mirar las cortinas que flameaban por efecto del aire acondicionado. Marylo lo dejó en paz, y pronto Mark oyó el ruido de los aparatos. La lavadora, la secadora, el lavavajillas, el triturador de basuras; parecía como si todos funcionaran al mismo tiempo. Nunca había oído esos ruidos. Marylo nunca los conectaba de noche ni en el fin de semana, cuando él estaba en casa.
Al mediodía se levantó, pero no tenía ganas de ducharse y afeitarse, aunque cualquier otro día se habría sentido sucio e incómodo sin observar estos rituales. Se puso la bata y bajó. Pensaba ir a desayunar, pero entró en su estudio y abrió la tapa del ataúd.
Tardó en decidirse. Pasó un rato dando vueltas ante el ataúd, acariciando la madera, pero al final metió los pulgares bajo la tapa y la levantó.
El cadáver aparecía rígido y artificial. Un hombre, ni demasiado viejo ni demasiado joven. Cabello sin brillo. Excepto por la piel grisácea, el cuerpo parecía tan anónimo y convencional que Mark sospechó que podía haberlo visto un millón de veces sin recordarlo. Pero estaba inequívocamente muerto, y no porque lo proclamara el forro de satén barato del ataúd, sino por esos hombros hundidos, esa barbilla erguida.
Olía a líquido para embalsamar.
Mark sostenía la tapa con una mano, se apoyaba en el ataúd con la otra. Estaba temblando. No sentía fascinación ni miedo. El temblor venía de su cuerpo, no de sus pensamientos. Temblaba porque tenía frío.
En la puerta hubo un sonido suave, o una ausencia de sonido. Mark se volvió repentinamente. La tapa se cerró con un golpe. Marylo estaba de pie en la puerta, con un delantal alechugado, los ojos desorbitados de horror.
En ese momento los años retrocedieron y para Mark ella tuvo veinte años, una niña tímida y torpe que no cesaba de sorprenderse ante el funcionamiento del mundo. Esperaba que ella dijera: «Pero Mark, lo has engañado.» Lo había dicho una sola vez, pero desde entonces él recordaba esas palabras cada vez que realizaba una transacción. En sus negocios, era lo que más se parecía a una conciencia. Eso bastaba para brindarle reputación de hombre honesto.
—Mark —murmuró ella como si tratara de dominarse—. Mark, no podría continuar sin ti.
Hablaba como si algo terrible fuera a sucederle a Mark, y le temblaban las manos. Él avanzó un paso hacia ella. Ella alzó las manos, se le acercó, lo abrazó, gimoteó.
—No podría. Te juro que no podría.
—No temas —dijo él, desconcertado.
—No soy una persona que pueda vivir sola —prosiguió ella entre sollozos.
—Pero aunque algo me sucediera, Marylo, tendrías a... —Iba a decir los niños. Pero eso sonaba mal, ¿o no? Querían muchísimo a sus hijos; ningún padre había sido tan feliz desde que habían nacido. Pero no pudo decirlo.
—¿Tendría qué? —preguntó Marylo—. Oh, Mark, no tendría nada.
Y Mark recordó una vez más (¿qué me está pasando?) que no tenían hijos, que para Marylo —tan anticuada que aún consideraba la maternidad como el principal propósito de su existencia— la falta de hijos era una condena de Dios. Después de la operación se había recobrado gracias a Mark, interesándose en los problemas —a veces inventados— que él tenía en la oficina, o hablándole sin cesar de los acontecimientos de sus días solitarios. Él era su anclaje en la realidad, y sólo él le impedía naufragar en los remolinos de sus miedos. Con razón la pobre niña (pues a veces Mark no podía considerarla adulta) se desquiciaba al pensar en la muerte de Mark, y ese condenado ataúd en la casa no ayudaba en nada.
«Pero no estoy en condiciones para esto —pensó Mark—. Me estoy desmoronando. No sólo me olvido de las cosas, recuerdo cosas que nunca han existido. ¿Y si muriera? ¿Y si de pronto sufriera un ataque como mi padre y muriera camino del hospital? ¿Qué le ocurriría a Marylo?»
No le faltaría dinero. Entre la empresa y el seguro, incluso la casa quedaría exenta de deudas. Con los intereses tendría dinero suficiente para vivir como una reina. ¿Pero la compañía de seguros conseguiría a alguien que la consolara pacientemente mientras ella recitaba sus miedos? ¿Le ofrecería a alguien que la despertara en medio de la noche para rescatarla de los terrores sin nombre que la acechaban?
Marylo dejó de sollozar para toser frenéticamente, hundiéndole los dedos en la espalda a través del suave género de la bata. «Mira cómo me aferra —pensó Mark—. Jamás me dejará ir», y entonces la negrura regresó y una vez más Mark cayó en algo que era nada y se desinteresó de todo. Ni siquiera supo que había algo por lo cual desinteresarse.
Excepto los dedos que le apretaban la espalda y el peso que sostenía en los brazos. «No me importa perder el mundo —pensó—. No me importa perder mis recuerdos del pasado. Pero estos dedos. Esta mujer. No puedo dejar esta carga porque nadie la cogerá. Si la abandono estará perdida.»
Sin embargo ansiaba la oscuridad, aborrecía que ella lo necesitara. «Tiene que haber una salida. Un equilibrio entre dos anhelos, algo que nos satisfaga a ambos.» Pero las manos aún lo aferraban. Todo el mundo estaba en silencio y el silencio era paz excepto por esos dedos afilados e insistentes. Mark gritó de frustración y el sonido aún resonaba en la habitación cuando abrió los ojos y vio a Marylo apoyada contra la pared, mirándolo aterrada.
—¿Qué pasa? —susurró Marylo.
—Estoy perdiendo —respondió él. Pero no recordaba qué había querido ganar.
Y en ese momento se oyó un portazo y Amy entró corriendo ruidosamente por la cocina, irrumpió en el estudio y se arrojó en brazos de la madre parloteando sobre el día de escuela y el perro que la había perseguido por segunda vez y la maestra que le había dicho que era la mejor lectora del segundo curso, pero Darrel le había derramado leche encima y quería un bocadillo porque el suyo se le había caído y lo había pisado sin querer durante el almuerzo...
Marylo miró jovialmente a Mark, le guiñó el ojo y rió.
—Parece que Amy tuvo un día atareado, ¿eh, Mark?
Mark no pudo sonreír. Asintió mientras Marylo alisaba la ropa arrugada de Amy y la conducía a la cocina.
—Marylo —decía Mark—. Tengo que hablar contigo.
—¿No puedes esperar? —preguntó Marylo, sin detenerse siquiera. Mark oyó que abría la puerta del armario y desenroscaba la tapa del frasco de mantequilla de cacahuete. Amy reía y decía:
—Mamá, no pongas tanta.
Mark no entendió por qué sentía tanta confusión y terror. Amy siempre se comía un bocadillo al volver de la escuela. Incluso de bebé ingería siete comidas diarias, y nunca había engordado. No le molestaba lo que pasaba en la cocina, no podía ser eso. Pero no pudo contenerse.
—¡Marylo! —gritó—. ¡Marylo, ven aquí!
—No —respondió Marylo, pero regresó al estudio y preguntó con impaciencia—: ¿Qué pasa, querido?
—Necesito... sólo necesito tenerte aquí un momento.
—Vaya, Mark, qué raro en ti. Amy necesita mucha atención después de la escuela. Así es ella. Ojalá no faltaras al trabajo, Mark. Te pones imposible cuando estás en casa. —Le sonrió para indicarle que bromeaba y fue a atender a Amy.
Por un instante Mark sintió una puñalada de celos, pues Marylo era más sensible a las necesidades de Amy que a las suyas.
Pero los celos pasaron pronto, como el recuerdo del dolor de los dedos de Marylo clavados en su espalda, y con una tremenda sensación de alivio Mark dejó de preocuparse, se volvió hacia el ataúd, que lo fascinaba, y abrió la tapa para mirar el interior una vez más. Era como si el pobre hombre no tuviera rostro, comprendió Mark. Como si la muerte robase el rostro de la gente volviéndola anónima.
Acarició el satén y lo halló fresco e invitante. El resto de la habitación, el resto del mundo se volvieron muy remotos. Sólo quedaban Mark, el ataúd y el cadáver, y Mark se sentía cansado y calenturiento, como si la vida fuera una terrible fricción que generaba calor en su interior, y se quitó la bata y el pijama, se encaramó a una silla, se metió en el ataúd, se arrodilló y se acostó. No había ningún cadáver que compartiera con él ese reducido espacio; nada entre su cuerpo y el fresco satén, que no se entibiaba porque al fin la fricción estaba disminuyendo, enfriándose. Mark bajó la tapa y el mundo quedó a oscuras y en silencio, sin olor ni sabor ni tacto salvo la frescura de las sábanas.
—¿Por qué está cerrada la tapa? —preguntó la pequeña Amy, cogiendo la mano de la madre.
—Porque no debemos recordar el cuerpo —murmuró Marylo, dominándose— sino el modo de ser de papá. Debemos recordarlo feliz, risueño y cariñoso.
Amy quedó desconcertada.
—Pero recuerdo que me dio una tunda.
Marylo sonrió. Hacía tiempo que no sonreía.
—También debes recordar eso —dijo, y se llevó a su hija al salón, donde Amy, aún sin comprender la terrible pérdida que había sufrido, rió y se encaramó al abuelo.
David, serio y lloroso porque no comprendía, cogió la mano de la madre y la sostuvo con fuerza.
—Estaremos bien —dijo.
—Sí —respondió Marylo—. Eso creo.
Y la madre de Marylo le susurró al oído:
—No sé cómo lo afrontas con tanta valentía, querida.
Marylo lagrimeó.
—No soy valiente —susurró—. Pero están los niños. Dependen de mí. No puedo desmoronarme cuando ellos me necesitan.
—Sería terrible que no tuvieras hijos —dijo su madre, asintiendo sabiamente.


Dentro del ataúd, satisfechas sus necesidades, Mark Tapworth oyó estas palabras, pero no pudo retenerlas en la mente, pues en su mente sólo había espacio y tiempo para un pensamiento: consentimiento. Consentimiento eterno ante su vida, su muerte y el mundo, y ante la eterna ausencia de mundo. Pues ahora había hijos.
(Maps in a Mirror)


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