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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO DIOSES MORTALES (por Orson Scott Card)
El primer contacto fue apacible, casi rutinario: desembarcos repentinos cerca de edificios gubernamentales de todo el mundo, breves deliberaciones en lenguas nativas, seguidos por tratados que permitían a los alienígenas construir ciertos edificios en ciertos lugares a cambio de ciertos favores. Nada espectacular. Las mejoras tecnológicas que introdujeron los alienígenas permitieron mejorar la vida de todos, pero eran mejoras que los ingenieros humanos hubieran logrado al cabo de un par de décadas. El mayor regalo —el viaje espacial— resultó decepcionante. Los alienígenas no dominaban la velocidad ultralumínica. Al contrario, tenían pruebas concluyentes de que era imposible viajar más rápido que la luz. Tenían infinita paciencia y vidas increíblemente largas para soportar travesías a paso de tortuga, pero los seres humanos habrían muerto antes de que el viaje más breve hubiera comenzado en serio.
Al cabo de un tiempo, la presencia de los alienígenas resultó totalmente normal. Alegaron que no tenían más regalos y simplemente ejercieron el derecho que les otorgaba el tratado: construir y visitar los edificios que construían.
Los edificios eran diferentes, pero tenían algo en común: según el juicio popular, eran claramente reconocibles como iglesias.
Mezquitas. Catedrales. Altares. Sinagogas. Templos. Iglesias, sin lugar a dudas.
No se invitaba a ninguna congregación, aunque las personas que acudían eran bien acogidas por los alienígenas presentes, quienes entablaban una encantadora charla totalmente relacionada con los intereses de esa persona. Los granjeros hablaban de granjas, los ingenieros de ingeniería, las amas de casa de problemas maternales, los soñadores de sueños, los viajeros de viajes, los astrónomos de los astros. Los que iban a hablar se sentían bien al salir. Sentían que alguien daba importancia a sus vidas: esas criaturas habían recorrido billones de kilómetros de increíble aburrimiento (¡quinientos años en el espacio, según decían!) tan sólo para verlos a ellos.
Y poco a poco la vida se asentó en una apacible rutina. Los científicos siguieron descubriendo, los ingenieros siguieron construyendo a partir de esos descubrimientos, y se produjeron cambios. Pero sabiendo que no había una gran revolución científica a la vuelta de la esquina, ningún descubrimiento descomunal que abriera las estrellas, hombres y mujeres se dedicaron principalmente a la tarea de ser felices.
No era tan difícil como habían creído.

Willard Crane era un hombre viejo pero satisfecho. Su esposa había fallecido, pero Crane no lamentaba ese breve interregno de su vida en que estaba nuevamente a solas, algo que no le ocurría desde que había regresado de la guerra de Vietnam. Regresó con medio pie menos, pero su chica aún le esperaba. Vivieron su vida matrimonial en las avenidas de Salt Lake City, una ciudad que, cuando ellos se mudaron, era una decrépita reliquia de un siglo anterior, pero que luego se convirtió en una espléndida preservación de una noble época de la arquitectura. Willard ocupaba esa cómoda franja que está a medio camino entre la fortuna y la pobreza; dinero suficiente para satisfacer aspiraciones normales, pero insuficiente para tentarlo con la extravagancia.
Todos los días caminaba desde la Séptima Avenida esquina con la calle L hasta el cementerio donde prácticamente estaba sepultado todo el mundo. En medio del cementerio se erguía el edificio alienígena, una obvia imitación de la vieja arquitectura religiosa mormona, es decir, un pastiche de períodos conflictivos al cual alguien, tal vez a fuerza de fervor, había logrado infundir belleza.
Se quedaba sentado entre las tumbas mientras la gente entraba y salía del santuario alienígena.
La felicidad es aburridísima, pensó un día. Y, para cambiar un poco las cosas, decidió buscar problemas. Lamentablemente la gente que conocía era demasiado simpática, así que decidió buscar problemas con los alienígenas.
Cuando eres viejo, siempre te sales con la tuya.
Entró en el templo alienígena.
En las paredes había murales, pinturas, mapas; en el suelo, pedestales con estatuas; parecía un museo. Había pocos sitios donde sentarse, y no vio indicios de los alienígenas. Esto no lo desanimó; la sola decisión de buscar pelea ya era un cambio, y reparó con orgullo en la exquisita calidad de las obras que exhibían los alienígenas.
Pero había un alienígena, a pesar de todo.
—Buenos días, señor Crane —saludó.
—¿Cómo cono sabes mi nombre?
—Te sientas en una lápida todas las mañanas y miras pasar a la gente. Nos parece fascinante. Hemos hecho preguntas.
La caja parlante del alienígena estaba muy bien programada: una voz cálida, cordial, interesada. Y Willard era demasiado viejo e indiferente a las novedades como para dar importancia al modo en que el alienígena se deslizaba por el suelo y se acomodaba en el banco como una enorme alga.
—Queríamos que entraras.
—Pues ya he entrado.
—¿Por qué?
Ahora que se lo preguntaban, sus motivos le parecían triviales, pero decidió seguirle el juego. ¿Por qué no?
—Busco pelea con vosotros.
—Cielos —exclamó el alienígena, remedando horror.
—Hay preguntas para las cuales no he recibido respuesta satisfactoria.
—Pues confío en que tengamos alguna.
—Vale.
—¿Pero cuáles eran sus preguntas?—. Perdóname si la cabeza no me funciona bien. El cerebro muere primero, como ya sabéis.
—Lo sabemos.
—¿Por qué habéis construido un templo aquí? ¿Por qué construís iglesias?
—Vaya, señor Crane, lo hemos respondido un millar de veces. Nos gustan las iglesias. Nos parecen los edificios más gráciles y bellos que han construido los humanos.
—No te creo. Eludes mis preguntas. Lo diré de otro modo. ¿Cómo tenéis tiempo para charlar con cretinos como yo? ¿No tenéis nada mejor que hacer?
—Los seres humanos son excelente compañía. Es un modo muy grato de pasar el tiempo, que a fin de cuentas, después de tantos años, nos pesa bastante en las... manos. —Y el alienígena intentó gesticular con los seudópodos, lo cual era gracioso, y Willard rió.
—Vaya, qué tíos tan resbaladizos —masculló, y el alienígena rió entre dientes (por decirlo de algún modo)—. Pues me explicaré mejor, y no quiero evasivas porque sabré que tenéis algo que ocultar. Os parecéis a nosotros, ¿verdad? Tenéis los mismos artilugios, y podéis viajar por el espacio porque no estiráis la pata a los cien años como nosotros; hacéis cosas muy parecidas a nosotros. Pero...
—Siempre hay un «pero» —suspiró el alienígena.
—Pero. Hacéis un largo viaje hasta este mundo, que no es precisamente la calle Mayor de la Vía Láctea, y os limitáis a construir iglesias por todas partes y a charlar con cualquiera que las visite. No tiene sentido, no tiene el menor sentido.
El alienígena se deslizó hacia él.

—¿Puedes guardar un secreto?
—Mi esposa pensaba que era la única mujer con quien yo había dormido. Sé guardar algunos secretos.
—Pues he aquí un secreto para guardar, señor Crane. Hemos venido a adorar.
—¿A adorar a quién?
—A adorarte a ti, entre otros.
Willard lanzó una carcajada, pero la criatura tenía ese aire de vehemencia y sinceridad que sólo podían tener los alienígenas.
—¿Me estás diciendo que adoráis a la gente?
—Oh, sí. Es el sueño de cuantos se atreven a soñar en mi planeta. Venir aquí, conocer a un par de seres humanos, atesorar ese recuerdo para siempre.
Willard se puso serio. Miró alrededor: arte humano ostentosamente expuesto, toda esa variedad de iglesias.
—No estás de broma.
—No, señor Crane. Hemos recorrido la galaxia durante millones de años, conociendo nuevas razas y renovando nuestra relación con las más antiguas. La evolución es una vieja y tediosa carretera: la vida basada en el carbono siempre conduce a ciertas características y ciertas formas, aunque nosotros les parezcamos terriblemente distintos...
—No está tan mal. Un poco feos, pero no está mal...
—Todas las... personas como nosotros que han visto ustedes... bien, no todos procedemos del mismo planeta, aunque sus científicos así lo crean. Venimos de miles de planetas. Procesos evolutivos independientes que desembocan inexorablemente en nosotros. Uniformidad absoluta, o casi, en toda la galaxia. Somos el producto final natural de la evolución.
—Conque nosotros somos los raros.
—Podría decirse. Porque en alguna etapa del proceso, señor Crane, en el lejano pasado, la evolución de este planeta se desvió de lo normal. Creó algo totalmente nuevo.
—¿El sexo?
—Todos tenemos sexo, señor Crane. De lo contrario, ¿cómo mejoraría la raza? No, la novedad de este planeta, señor Crane, fue la muerte.
A Willard no le gustaba oír esta palabra. A fin de cuentas, su esposa había significado mucho para él. Y él significaba aún más para sí mismo. La muerte ya lo acechaba en ataques de vértigo, jadeos entrecortados y fatigas que no producían sueño.
—¿La muerte?
—Nosotros no morimos, señor Crane. Nos reproducimos arrancándonos fragmentos enteros con ADN idéntico... ¿Sabes qué es el ADN?
—Fui a la universidad.
—Y entre nosotros, naturalmente, como para toda forma de vida del universo, la inteligencia se transmite en el ADN, no en el cerebro. El cerebro es uno de los subproductos de la muerte. Nosotros no lo tenemos. Nos dividimos, y el individuo, con todos sus recuerdos, sobrevive en los hijos, que están constituidos por auténtica carne de mi carne, ¿entiendes? Nunca moriré.
—Bien, enhorabuena —dijo Willard, sintiéndose estafado y preguntándose por qué no lo había deducido.
—Así que llegamos aquí y encontramos gentes cuyas vidas tenían un final, que comenzaban como criaturas amorfas sin memoria y morían al cabo de un período increíblemente breve.
—¿Por eso nos adoráis? Sería como si yo adorase insectos que mueren pocos minutos después de nacer.
El alienígena rió y Willard se molestó.
—¿A eso habéis venido? ¿A divertiros a costa de nosotros?
—¿Qué otra cosa podríamos adorar, señor Crane? Aunque no descartamos la posibilidad de que existan dioses invisibles, nunca hemos inventado ninguno. No morimos, así que no soñamos con la inmortalidad. Aquí encontramos gente que sabía adorar, y por primera vez despertó en nosotros el deseo de homenajear a seres superiores.
Y Willard reparó en sus palpitaciones, comprendió que su corazón se detendría, mientras que ese alienígena no tenía corazón, no tenía nada que pudiera detenerse.
—¡Narices!
—Nosotros recordamos todo —prosiguió el alienígena—, desde el despertar del intelecto hasta ahora. Cuando «nacemos», como quien dice, no necesitamos maestros. Nunca aprendimos a escribir, sólo a intercambiar ADN. Nunca aprendimos a crear una belleza que nos sobreviviera, porque nada nos sobrevive. Vivimos para ver cómo se derrumban nuestras obras. Aquí, señor Crane, hemos encontrado una raza que construye por el mero gozo de construir, que crea belleza, escribe libros, inventa vidas inexistentes para deleitar a otros que saben que se trata de mentiras, una raza que concibe dioses inmortales para adorar y celebra su propia mortalidad con inmensa pompa y gloria. La muerte es el cimiento de la grandeza humana, señor Crane.
—Qué va —rezongó Willard—. Yo voy a morir, y no le veo nada de grandioso.
—Tú no crees eso, señor Crane. Ninguno de vosotros. Vuestras vidas se construyen en torno de la muerte, la glorificáis. La postergáis todo lo posible, por supuesto, pero la glorificáis. En las literaturas más antiguas, la muerte del héroe es el momento culminante, el mito más potente.
—Esos poemas no fueron escritos por viejos de cuerpo fofo cuyo corazón palpitaba sólo cuando le venía en gana.
—Pamplinas. Todo lo que hacéis huele a muerte. Vuestros poemas tienen principio y final, y estructuras que limitan la obra. Vuestras pinturas tienen bordes que deslindan el comienzo y el fin de la belleza. Vuestras esculturas aíslan un instante en el tiempo. Vuestra música comienza y termina. Todo lo que hacéis es mortal... todo ha nacido. Todo muere. Pero lucháis contra la mortalidad y la habéis superado, acumulando gran cantidad de conocimiento compartido a través de libros finitos y palabras finitas. Le ponéis un marco a todo.
—Locura colectiva, pues. Pero eso no explica por qué nos adoráis. Habéis venido aquí a burlaros.
—No nos burlamos. Os envidiamos.
—Pues morid. Supongo que vuestro protoplasma o lo que fuere es vulnerable.
—No lo entiendes. Un ser humano puede morir, una vez que se ha reproducido, y todo lo que él supo y todo lo que él posee seguirá viviendo después. Pero si yo muero, no podré reproducirme. Mi conocimiento muere conmigo. Una responsabilidad agobiante. No podemos asumirla. Yo soy todas las pinturas y textos y canciones de un millón de generaciones. Morir significaría la muerte de una gran civilización. Vosotros os habéis liberado del yugo de la vida para alcanzar la grandeza.
—Y por eso habéis venido aquí.
—Si alguna vez hubo dioses, si alguna vez hubo poder en el universo, vosotros sois esos dioses, vosotros tenéis ese poder.
—No tenemos ningún poder.
—Señor Crane, eres bello.
El viejo sacudió la cabeza, se levantó penosamente, salió del templo y se alejó despacio entre las tumbas.
—Les dices la verdad —comentó el alienígena (para futuras generaciones de sí mismo que necesitarían el recuerdo de esas palabras)—, y sólo empeoras las cosas.
Sólo habían pasado siete meses, y ya no era primavera, sino que soplaba el gélido viento de finales de otoño. Los árboles del cementerio habían perdido el color y sólo conservaban algunas hojas ocres. Willard Crane entró de nuevo en el cementerio, los brazos engrapados por muletas de metal que le daban, en su vejez, cuatro puntos de apoyo en vez de los precarios dos que le habían servido durante más de noventa años. Algunos copos de nieve caían perezosamente, hasta que un ventarrón los impulsaba en una danza frenética sin ritmo ni dirección.
Willard subió laboriosamente la escalera del templo.
Adentro aguardaba un alenígena.
—Soy Willard Crane —dijo el viejo.
—Y yo soy un alienígena. Hablaste conmigo (o con mi padre, como prefieras) hace unos meses.
—Sí.
—Sabíamos que regresarías.
—¿Ah, sí? Juré que nunca lo haría.
—Pero te conocemos bien, señor Crane. Hay miles de millones de dioses en la Tierra que podemos adorar, pero tú eres el más noble.
—¿Yo?
—Porque sólo tú pensaste en hacernos el regalo más generoso. Sólo tú estás dispuesto a dejarnos presenciar tu muerte.
Y el viejo lagrimeó al pestañear.
—¿Por eso he venido?
—¿No es así?
—Pensé que venía a maldeciros. A eso he venido, hijos de puta, pues habéis venido a burlaros de las últimas horas de mi vida.
—Has venido a nosotros.
—Quería mostraros qué desagradable es la muerte.
—Por favor. Hazlo.
Y, como si quisiera complacerlos, el corazón de Willard se detuvo y el viejo, con un breve espasmo, se desplomó en el suelo.
Los alienígenas se aproximaron, se reunieron alrededor, le vieron respirar entrecortadamente.
—¡No moriré! —rezongó Willard. Cada inhalación era un suplicio, y el heroico esfuerzo le desfiguraba el rostro.
Su cuerpo tiritó y quedó yerto.
Los alienígenas se quedaron horas adorando en silencio mientras el cuerpo se enfriaba. Y al cabo, pues habían aprendido de sus dioses que se deben decir palabras para recordar, uno de ellos habló.
—Hermoso —dijo tiernamente—. Oh Dios, mi Señor —añadió con reverencia.
Y sufrieron la congoja de saber que este don incomparable les estaba negado para siempre.


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